Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
JOSÉ MANUEL PENA.
Martes, 15 de mayo de 2018
OPINIÓN

Esclavitud sexual

Guardar en Mis Noticias.

JOSÉ MANUEL PENA.

Por casualidades de la vida me encuentro, por primera vez, con una mujer que me relata haber sido  víctima de la trata de personas. Actualmente reside en nuestro país pero cuando llegó, hace unos años, viajó con falsas promesas. Al llegar, bajo amenazas y coacciones, permaneció “encerrada” en varios locales de alterne de las zonas de A Coruña y Santiago de Compostela, siendo obligada a prostituirse en condiciones infrahumanas. Decenas de “clientes” pasaban por su habitación, cada día, y así durante varios años.

 

Junto a ella había otras mujeres, también retenidas por sus captores que habían sido engañadas, en sus países de origen por culpa de la ignorancia y la pobreza. Algunas intentaron escaparse y las que lo lograron la “mafia”, organización criminal, asesinaron a sus familiares que residían en Sudamérica. Cuando ella logró pagar a sus “captores” toda la  “deuda” que ellos consideraron pudo quedar libre y tratar de rehacer su vida.

 

Había dejado a sus hijos en Colombia, al cuidado de sus padres. Ahora, tras la libertad, conoció a un gallego con el que tuvo una hija pero al poco tiempo se separaron. Para ella era, ahora, difícil encontrar trabajo por culpa de la discriminación y la estigmatización por haber ejercido la prostitución. Lo que había pasado, a lo largo de tantos años, ya la habían curtido y nada le daba miedo. Pensaba como víctima que había sido de las circunstancias y no entendía el comportamiento de la sociedad.

 

No le quedó más remedio que ejercer la profesión más antigua de la humanidad, ahora de una manera voluntaria, para poder subsistir. Su pareja, el padre de su hija consiguió la custodia y la niña llegó a sufrir abusos sexuales, por parte de un familiar. A la niña le han quedado secuelas psicológicas, mientras la madre sigue sufriendo, en silencio y con total impotencia. Sabe que ya estaba “señalada” de por vida, en una sociedad hipócrita y con doble moral. 

 

Xornal21 • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados