OPINIÓN
Suicidios
“Cuando el agua me cubría la cintura daba media vuelta y regresaba a la playa, así varias veces. Era un cobarde, incluso para poner término a mi vida”. “Me pasaba por la cabeza, una y otra vez, empotrar mi coche contra un muro y terminar de una vez”. “Era tal mi angustia que cuando volvía a la vivienda me veía lanzarme por la ventana”. Solo son una pequeña muestra de las numerosas situaciones vividas por demasiadas personas, en momentos de vulnerabilidad económica o en claro riesgo de perder sus viviendas habituales.
Una vez conocemos ciertas estadísticas oficiales sobre el incremento del número de suicidios, en los últimos años de crisis económica, no deberíamos obviar esta realidad y tendríamos que hacer algo más para evitarlos. Algo más, por parte de las administraciones públicas y de nuestros gobernantes. Estas personas son ciudadanos que tienen sus derechos y a los que deberían representar con respeto y no con la soberbia, la indiferencia y la prepotencia que les caracteriza, a muchos de ellos.
Las tradiciones familiares y la cultura popular han sido los culpables de crear una sociedad desigual, entre triunfadores, una élite de privilegiados que tienen libre acceso a todo lo material y las personas humildes y honradas que tienen que luchar contra viento y marea para sobrevivir. Un mundo injusto y una sociedad inhumana en la que predomina el tener por encima del ser. Donde el que más tiene es el mejor y más respetado y el mileurista o parado es el más débil, el fracasado, el paria de la sociedad que únicamente despierta compasión.
“Cuando el agua me cubría la cintura daba media vuelta y regresaba a la playa, así varias veces. Era un cobarde, incluso para poner término a mi vida”. “Me pasaba por la cabeza, una y otra vez, empotrar mi coche contra un muro y terminar de una vez”. “Era tal mi angustia que cuando volvía a la vivienda me veía lanzarme por la ventana”. Solo son una pequeña muestra de las numerosas situaciones vividas por demasiadas personas, en momentos de vulnerabilidad económica o en claro riesgo de perder sus viviendas habituales.
Una vez conocemos ciertas estadísticas oficiales sobre el incremento del número de suicidios, en los últimos años de crisis económica, no deberíamos obviar esta realidad y tendríamos que hacer algo más para evitarlos. Algo más, por parte de las administraciones públicas y de nuestros gobernantes. Estas personas son ciudadanos que tienen sus derechos y a los que deberían representar con respeto y no con la soberbia, la indiferencia y la prepotencia que les caracteriza, a muchos de ellos.
Las tradiciones familiares y la cultura popular han sido los culpables de crear una sociedad desigual, entre triunfadores, una élite de privilegiados que tienen libre acceso a todo lo material y las personas humildes y honradas que tienen que luchar contra viento y marea para sobrevivir. Un mundo injusto y una sociedad inhumana en la que predomina el tener por encima del ser. Donde el que más tiene es el mejor y más respetado y el mileurista o parado es el más débil, el fracasado, el paria de la sociedad que únicamente despierta compasión.
























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