OPINIÓN
DE VISITA AL GERIÁTRICO
Cada visita es diferente. Unas veces la alegría se les nota en la cara pero en otras muchas ocasiones se encuentran apagados, de mal humor o bien sin apenas ganas de hablar. Afloran los recuerdos y ven que ya no están algunos seres queridos a su lado. Unos porque se encuentran trabajando y con sus vidas. Otros, principalmente su parejas, porque han recibido la llamada del Señor.
Siguen en su pequeño universo, junto a personas de su misma edad, con dolencias similares y con decenas de historias diferentes en las que predominan los sacrificios por los hijos y la escasez de ocio y diversión. Algunos no han conocido lo que era disponer de vacaciones y mucho menos retribuidas. Otros trabajaban de sol a sol, en el campo o en el mar, toda la vida y, a pesar de todo solo tienen lo puesto, sobreviviendo gracias a su pequeña pensión de jubilación o invalidez.
Algunas de estas visitas al geriátrico me dejan preocupado, ante tanto dolor y soledad que padecen algunos de las personas mayores que allí se encuentran. Por eso me duele cuando me entero que una familia de la Comarca de acerca a la residencia de mayores para llevarse a su padre, ante la precaria situación familiar (ambos cónyuges se han quedado en sin trabajo) y necesitan la pensión del padre del marido. La valentía y dignidad del padre ha estado a la altura de las circunstancias y opta por quedarse en el centro. Considera que si antes era una molestia para la familia y ahora, por mero interés material, se acuerdan de él. No es justo ni razonable. Prefiere pasar sus últimos días con gente que lo quiere por lo que es y no por lo que tiene.
Hoy, en mi visita semanal, encuentro a la mayoría visionando el televisor. Están con la Santa Misa, celebrando el día de Santa Rita. Los mayores, principalmente las mujeres, en silencio realizan peticiones a la Virgen. Me entero que nada piden para ellas, siempre se acuerdan de sus hijos, nietos y sobrinos y para ellos van dirigidas todos los buenos deseos.
Me extraña no ver a esa señora que se sienta en el mismo lugar. Me doy una vuelta por otra estancia y me la encuentro sola y triste. Le pongo mi mano sobre su cara, abre los ojos y sonríe. Está triste porque le invaden los buenos recuerdos con su esposo. Éste ya ha pasado a mejor vida y revive, de vez en cuando, aquellos años de tanta felicidad. Pero, mañana, seguro que vuelve a estar en el mismo lugar.
Cada visita es diferente. Unas veces la alegría se les nota en la cara pero en otras muchas ocasiones se encuentran apagados, de mal humor o bien sin apenas ganas de hablar. Afloran los recuerdos y ven que ya no están algunos seres queridos a su lado. Unos porque se encuentran trabajando y con sus vidas. Otros, principalmente su parejas, porque han recibido la llamada del Señor.
Siguen en su pequeño universo, junto a personas de su misma edad, con dolencias similares y con decenas de historias diferentes en las que predominan los sacrificios por los hijos y la escasez de ocio y diversión. Algunos no han conocido lo que era disponer de vacaciones y mucho menos retribuidas. Otros trabajaban de sol a sol, en el campo o en el mar, toda la vida y, a pesar de todo solo tienen lo puesto, sobreviviendo gracias a su pequeña pensión de jubilación o invalidez.
Algunas de estas visitas al geriátrico me dejan preocupado, ante tanto dolor y soledad que padecen algunos de las personas mayores que allí se encuentran. Por eso me duele cuando me entero que una familia de la Comarca de acerca a la residencia de mayores para llevarse a su padre, ante la precaria situación familiar (ambos cónyuges se han quedado en sin trabajo) y necesitan la pensión del padre del marido. La valentía y dignidad del padre ha estado a la altura de las circunstancias y opta por quedarse en el centro. Considera que si antes era una molestia para la familia y ahora, por mero interés material, se acuerdan de él. No es justo ni razonable. Prefiere pasar sus últimos días con gente que lo quiere por lo que es y no por lo que tiene.
Hoy, en mi visita semanal, encuentro a la mayoría visionando el televisor. Están con la Santa Misa, celebrando el día de Santa Rita. Los mayores, principalmente las mujeres, en silencio realizan peticiones a la Virgen. Me entero que nada piden para ellas, siempre se acuerdan de sus hijos, nietos y sobrinos y para ellos van dirigidas todos los buenos deseos.
Me extraña no ver a esa señora que se sienta en el mismo lugar. Me doy una vuelta por otra estancia y me la encuentro sola y triste. Le pongo mi mano sobre su cara, abre los ojos y sonríe. Está triste porque le invaden los buenos recuerdos con su esposo. Éste ya ha pasado a mejor vida y revive, de vez en cuando, aquellos años de tanta felicidad. Pero, mañana, seguro que vuelve a estar en el mismo lugar.
























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