Luis Enrique Veiga Rodríguez
Jueves, 24 de Octubre de 2019 Tiempo de lectura:
OPINIÓN
No todo es transparencia en cooperación
Algunos colectivos o plataformas pro-derechos Sin Hogar --y pongo el caso de ONGs como UNSEEN Tours en Londres, QUERSTADTIEN en Berlin, otras en París o en Barcelona-- se está fomentando iniciativas de emprendimiento, con fórmulas de auto-gestión, a fin de ayudar a la realidad de la calle.
La invisibilidad, por parte de la sociedad, los medios, las instituciones, banalizando la situación, no solo impide los cauces de una solución integradora, sino que --fuera de la actual precariedad--, nos hace ver que nada va a cambiar a falta de transparencia de una gestión donde toma carta de naturaleza con frecuencia la corrupción y el clientelismo, por quienes mercadean con la pobreza que dicen combatir.
Esta falta de transparencia, el segregacionismo del que adolecen una gran parte de las ONGs que a esto se dedican, con independencia de las distintas parcelas en las que se desenvuelvan, deja en entredicho la esperanza de un cambio a corto plazo para mejora de dicha labor.
Las políticas Housing first --ultima moda en integración social-- aún siendo viables en su propia naturaleza, nada han demostrado en torno a los objetivos marcados, porque tales objetivos quizá nunca han ido más allá de la mera puesta en escena: no hay realidades a la vista en las que basar la eficacia de la medida empleada.
Supuestamente también, porque las subvenciones no llegan a los objetivos, o se quedan en una gran medida para otros fines muy diferentes a los que fueron entregadas. Es un cáncer que domina la gestión y tiene nombres y apellidos: se llama corrupción y malversación.
Sin ánimo de trivializar la realidad presente, vamos a recordar aquel triste episodio del año 2015 donde se ve a todo un exConseller valenciano, Rafael Blasco, ingresando en la carcel de Picassent por haber desviado los fondos destinados a la ayuda al desarrollo hacia una empresa propia, y quién tuvo que cumplir 6 años de cárcel.
El modus operandi es reiterado y siempre se produce en parecidos términos.
Son ONGs subvencionadas desde ayuntamientos, diputaciones, apoyadas desde foros universitarios, supuestamente, a cuyos amigos y familiares se da empleo, y con fines e intereses comunes. La duda de que el árbol no nos deja ver el bosque se instala frente a este complejo entramado organizado por unos y otros para utilizar la pobreza como negocio.
El caso Sin Hogar no escapa sin duda a estas apreciaciones, un mundo de mercadeo a través de algunas instituciones publicas creadas, que sirven a las ONGs y presionan en los ministerios en busca de nuevos fondos.
Unos fondos que, repito, no se utilizarán en mejorar la situación de los afectadas, en sus problemáticas específicas. Más bien, el propio sistema ha acabado construyendo aparatos que criminalizando la pobreza --que esa burocracia ocasiona-- en vez de aportar soluciones --con modelos de capacitación y generación de empleo--, se mueven en el circulo cerrado de la politización y corrupción que se auto-alimenta.
En una sociedad en que la brecha social se ahonda día a día, no resulta creíble ya la vieja cantinela de la presunción de inocencia. El sistema está podrido
Y es que a la sombra de las causas "nobles" --y la caridad es una de ellas--, son demasiados los casos de malversación y prácticas ilícitas. Y no son pocas también las “ONGs” que surgen bajo una pantalla de transparencia, como manera de atraer donativos, aprovecharse de las leyes fiscales, o reducir impuestos, dando finalmente cobertura y empleo a sus amigos y familiares.
Algunos colectivos o plataformas pro-derechos Sin Hogar --y pongo el caso de ONGs como UNSEEN Tours en Londres, QUERSTADTIEN en Berlin, otras en París o en Barcelona-- se está fomentando iniciativas de emprendimiento, con fórmulas de auto-gestión, a fin de ayudar a la realidad de la calle.
La invisibilidad, por parte de la sociedad, los medios, las instituciones, banalizando la situación, no solo impide los cauces de una solución integradora, sino que --fuera de la actual precariedad--, nos hace ver que nada va a cambiar a falta de transparencia de una gestión donde toma carta de naturaleza con frecuencia la corrupción y el clientelismo, por quienes mercadean con la pobreza que dicen combatir.
Esta falta de transparencia, el segregacionismo del que adolecen una gran parte de las ONGs que a esto se dedican, con independencia de las distintas parcelas en las que se desenvuelvan, deja en entredicho la esperanza de un cambio a corto plazo para mejora de dicha labor.
Las políticas Housing first --ultima moda en integración social-- aún siendo viables en su propia naturaleza, nada han demostrado en torno a los objetivos marcados, porque tales objetivos quizá nunca han ido más allá de la mera puesta en escena: no hay realidades a la vista en las que basar la eficacia de la medida empleada.
Supuestamente también, porque las subvenciones no llegan a los objetivos, o se quedan en una gran medida para otros fines muy diferentes a los que fueron entregadas. Es un cáncer que domina la gestión y tiene nombres y apellidos: se llama corrupción y malversación.
Sin ánimo de trivializar la realidad presente, vamos a recordar aquel triste episodio del año 2015 donde se ve a todo un exConseller valenciano, Rafael Blasco, ingresando en la carcel de Picassent por haber desviado los fondos destinados a la ayuda al desarrollo hacia una empresa propia, y quién tuvo que cumplir 6 años de cárcel.
El modus operandi es reiterado y siempre se produce en parecidos términos.
Son ONGs subvencionadas desde ayuntamientos, diputaciones, apoyadas desde foros universitarios, supuestamente, a cuyos amigos y familiares se da empleo, y con fines e intereses comunes. La duda de que el árbol no nos deja ver el bosque se instala frente a este complejo entramado organizado por unos y otros para utilizar la pobreza como negocio.
El caso Sin Hogar no escapa sin duda a estas apreciaciones, un mundo de mercadeo a través de algunas instituciones publicas creadas, que sirven a las ONGs y presionan en los ministerios en busca de nuevos fondos.
Unos fondos que, repito, no se utilizarán en mejorar la situación de los afectadas, en sus problemáticas específicas. Más bien, el propio sistema ha acabado construyendo aparatos que criminalizando la pobreza --que esa burocracia ocasiona-- en vez de aportar soluciones --con modelos de capacitación y generación de empleo--, se mueven en el circulo cerrado de la politización y corrupción que se auto-alimenta.
En una sociedad en que la brecha social se ahonda día a día, no resulta creíble ya la vieja cantinela de la presunción de inocencia. El sistema está podrido
Y es que a la sombra de las causas "nobles" --y la caridad es una de ellas--, son demasiados los casos de malversación y prácticas ilícitas. Y no son pocas también las “ONGs” que surgen bajo una pantalla de transparencia, como manera de atraer donativos, aprovecharse de las leyes fiscales, o reducir impuestos, dando finalmente cobertura y empleo a sus amigos y familiares.


























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