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Jueves, 17 de Diciembre de 2015 Tiempo de lectura:
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Las razones para la ampliación de 100 a 300 Km. para obtener la Compostelana

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La Compostela, documento expedido por el Cabildo de la Catedral de Santiago a los peregrinos que han completado su ruta en la ciudad a pie, a caballo o en bicicleta, tiene su origen en el certificado de confesión y comunión probatorio con el que los peregrinos justificaban haber cumplido con los ritos requeridos para la obtención de las indulgencias que traía consigo la visita al sepulcro del Apóstol Santiago, sirviéndole al regreso como testimonio para poder beneficiarse de la asistencia hospitalaria.

 

Curiosamente, en el Congreso Internacional de Asociaciones Jacobeas, celebrado en Jaca en septiembre de 1987 y presidido por Elías Valiña, que se viene considerando como el principal referente para la recuperación del Camino de Santiago, el tema no se trató en profundidad, y tan sólo fue mencionado por el canónigo Jaime García Rodríguez, secretario capitular, en los siguientes términos:

 

“No debe confundirse la <Compostela> con lo que podría ser una especie de diploma, o algo así, de haber estado en Santiago. Tenemos el propósito de exigir, por nuestra parte, algo así como una solicitud, firmada por el peregrino, que exprese las exigencias o condiciones para su obtención. Nos parece que deberemos colaborar todos a que este tradicional y valioso certificado no se deteriore”.

 

Y es así como se va gestando la actual condición de los kilómetros necesarios sobre el itinerario del Camino de Santiago (en aquellos años refiriéndose al Camino Francés) para obtener la “Compostela”. Los cien últimos kilómetros para peregrinos a pie y los doscientos últimos para los peregrinos a caballo o en bicicleta. Tras el éxito de participación durante el Año Santo de 1993, a raíz de unas Jornadas celebradas en noviembre en Santiago, la Catedral valora como principal motivo del aumento de peregrinos la devoción hacia el Apóstol Santiago, y se produce un alejamiento en el trabajo de coordinación con las asociaciones jacobeas, con las que hasta el momento había ido de la mano y de las que había obtenido la edición y gestión de la Credencial. La intención, que pasa por un control de la peregrinación, es la de sustituir a las asociaciones por las cofradías dependientes de la Archicofradía del Apóstol Santiago.

 

En 1994 el Cabildo, unilateralmente, decide editar una nueva Credencial sin contar con las asociaciones, indicando que sólo podrá expedirla la Iglesia a través de sus instituciones (obispados, parroquias, cofradías, etc). Esta Credencial servirá para acceder a los albergues de hospitalidad cristiana y “para solicitar la Compostela en la Catedral de Compostela, que es la certificación de haber cumplido la peregrinación”. Por lo tanto, la Compostela se concederá sólo “a quien hace la peregrinación con sentido cristiano”.

 

En pleno Año Santo de 1999, que supuso un boom en el actual proceso de revitalización del Camino de Santiago, la Oficina del Peregrino, en julio, fija en la propia credencial la distancia para obtener la Compostela, los actuales 100 km (200 km para los peregrinos en bicicleta o a caballo), adaptando las nuevas credenciales a esta realidad. Tanto la Federación Española de Asociaciones Jacobeas como, y sobre todo, la Xunta de Galicia, apoyaron sin reparos esta nueva normativa, que tenía el loable deseo de facilitar al máximo el hecho peregrinatorio, aunque la consecuencia inminente fue la concentración de peregrinos en las etapas finales del Camino Francés, entre Sarria y Santiago.

 

Sin embargo, en aquel entonces las principales presiones recibidas por la catedral no eran aún, como en el presente, de carácter político o turístico, sino que procedían de grupos religiosos, Seminarios, congregaciones, parroquias, etc, que deseaban obtener el preciado certificado por realizar algunos tramos finales a pie, evocando en cierto modo las peregrinaciones de corto recorrido de los arciprestazgos organizadas por el cardenal Martín de Herrera, que a su vez había aprovechado la experiencia previa e inicial del también cardenal Payá y Rico.

 

Las presiones continuaron, sobre todo por parte de grupos de discapacitados, y de peregrinos que hacían más de 100 km, pero a los que les faltaba algún tramo o etapa de los cien últimos, pero la Oficina de Peregrinación mantuvo una postura bastante rígida al respecto desde entonces, con la salvedad de algunas concesiones, al modo de bulas, a ciertas agencias que han conseguido el certificado después de trasladar en barco a sus clientes hasta algún puerto de la ría de Arousa o el estuario del Ulla.

 

Por lo tanto, estamos ante una norma temporal que, por rutina, se ha convertido en permanente, ello a pesar de que la peregrinación ha experimentado en la última década grandes transformaciones. La principal de ellas ha sido la irrupción de modalidades de hacer el Camino que no mantienen apenas vínculos con el sentido tradicional de la peregrinación, entendiendo la experiencia como una aventura, un recorrido por una ruta de senderismo, un reto deportivo o como una forma barata de hacer turismo, con el apoyo de una buena y económica red de hospedajes. Al tiempo, los turoperadores han encontrado un filón en el éxito del Camino, y han elaborado productos turísticos fáciles de gestionar y vender, y por lo tanto de corto recorrido, que ofrecen una “plena experiencia de peregrinación” durante solo cuatro o cinco días, pero con todos los “privilegios” de un peregrino tradicional: uso de credencial, pernocta en albergues de peregrinos y obtención de la Compostela.

 

Ignorar que la peregrinación tradicional es y ha sido siempre, desde su origen, un fenómeno de largo recorrido, y no una romería local como las muchas que conducen a los pequeños o grandes santuarios cristianos, nos lleva a perder definitivamente el respeto por la formulación cristiana y espiritual, así como por los valores del esfuerzo, implícito en el largo recorrido (aunque sea por tramos a lo largo de diferentes períodos de tiempo), de la solidaridad entre peregrinos o por los procesos de reflexión y crecimiento personales.

 

Por otra parte, la no adaptación de la norma a los nuevos tiempos ha generado dos problemáticas graves en el Camino de Santiago: en primer lugar la masificación de los cien últimos kilómetros en los itinerarios actualmente más frecuentados, o sea, los caminos Francés y Portugués, por coincidir allí tanto los peregrinos de largo recorrido, aproximadamente un 40%, con los usuarios de corto recorrido, que suman el restante 60%. En segundo lugar, surgen las inevitables fricciones entre unos y otros, ya que sus experiencias, objetivos y expectativas resultan totalmente diferentes, cuando no antagónicos. Además, se está instalando popularmente la idea, por completo ajena a la realidad histórica, que existe un “Camino de Santiago completo entre Sarria o Tui y Santiago”, y esta idea ha prendido con mayor fuerza en España y Portugal, pero no así, por fortuna y por ahora, en el extranjero. Como consecuencia de lo anterior, la imagen de Galicia en el Camino de Santiago se está deteriorando a pasos agigantados, siendo muchos los peregrinos que consideran las etapas finales hasta Compostela como las peores de su experiencia, así como las más mercantilizadas y con menor espíritu peregrino.

 

En base a los antecedentes, no se puede seguir mirando para otro lado como si no existiese problema alguno, o esperando que este se resuelva por sí mismo, en una especie de autorregulación no inducida, o incluso confiando, y este es el caso de la administración gallega, en que la presión padecida por los caminos más frecuentados se aligere con la promoción de rutas alternativas.

 

Dado que la peregrinación, ya desde el s. X, es un fenómeno ultrapirenaico, y que en la primera fase dorada, durante los s. XI y XII, se convierte en una experiencia en la que participa toda la Cristiandad, urge, para devolverle su sentido tradicional, y a la vez solventar los graves problemas que ha generado la normativa de la concesión de la Compostela por los 100 km a pie, y 200 km en bicicleta o a caballo, modificar la exigencia kilométrica para que peregrinar vuelva a ser una experiencia enriquecedora de largo recorrido. Y conviene realizar este cambio, antes de que la costumbre acabe pesando como una losa, cuanto antes.

 

La Fraternidad Internacional del Camino de Santiago, que no desea ser partícipe de fórmulas radicales, sino buscar un acuerdo con raíces en la historia, y procurando unas bases racionales para el consenso, propone aumentar la distancia exigida para la concesión de la Compostela a 300 km, en el caso de los peregrinos que realizan el Camino a pie, y de 500 km para los que utilizan la bicicleta o el caballo.

 

¿Por qué 300 km?

La elección no es caprichosa, sino que responde a la distancia entre Oviedo y Compostela, o sea, la longitud del primer itinerario histórico de peregrinación, por el que llegó el rey Alfonso II el Casto con su corte a venerar el cuerpo del apóstol Santiago. El Camino Primitivo sería, así, la medida inicial de una ruta completa de peregrinación desde el s. IX, desde la capital del reino astur- galaico hasta Compostela pasando por Lugo.

 

Asimismo, la distancia responde perfectamente al nuevo itinerario generado a través de la meseta, el Camino Francés, cuando la capital del reino es trasladada a León. Y la medida encaja igualmente para establecer como puntos de partida otros lugares emblemáticos de diferentes itinerarios jacobeos: Zamora, en el Camino Sanabrés como continuación de la Vía de la Plata; Avilés, como principal puerto asturiano medieval en el Camino Norte de la Costa; o Coimbra, ciudad vinculada con una leyenda jacobea de la Reconquista, en el Camino Portugués.

 

La ampliación de 100 a 300 km, lejos de constituir un perjuicio para Galicia, beneficiará a la totalidad del territorio, ahora excluido de la norma en gran medida (de O Cebreiro a Sarria, de Ribadeo a Vilalba, de A Fonsagrada a Lugo, gran parte de la provincia de Ourense), e integrará con mayor respeto por la historia a otras comunidades autónomas (Asturias, Castilla-León), así como al Norte de Portugal.

 

Pero el principal motivo para la ampliación no es técnico, sino de respeto a los valores tradicionales de una peregrinación que, en el Tercer Milenio, no deben acabar disolviéndose en función de intereses meramente turísticos o comerciales.

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