OPINIÓN
¿Qué "pinta" el rosa en mi vida?
Mi mala salud de hierro y la incertidumbre de la fecha de mi próxima intervención me han impedido este año, con motivo del Día Mundial del Cáncer de Mama, hacer una campaña en los medios de comunicación. Es necesario dar a conocer la realidad objetiva y sin sesgos de cómo tiene que afrontar la vida diaria una enferma que carece de protección económica y social en un Estado que se proclama de Bienestar.
Esta semana el rosa será el protagonista. Cientos de iniciativas se ponen en marcha, muchas marcas se sumaran a ellas y las solapas de la mayoría de ciudadanos irán adornadas con el lacito rosa. La retórica sobre el cáncer de mama se centra en el "piensa en positivo y vencerás al cáncer".
Sin embargo, la experiencia de cáncer debilita y empobrece a muchas personas afectadas. Se habla muy poco de la calidad de vida y de las secuelas brutales del cáncer. Tampoco aparecían en los medios de comunicación hasta el inicio de mi denuncia pública para visibilizar la situación de indefensión socioeconómica de muchas de estas enfermas con la legislación vigente.
¿Cómo es que no se penaliza de forma ejemplar en España que te despidan por tener un cáncer? Si estás en activo las altas médicas del INSS aunque no estés recuperada te obligan a elegir entre tu salud o tu trabajo sin apenas fuerzas para realizarlo. Después de un cáncer no siempre se puede volver a la vida normal cuando la Administración lo impone y se necesita protección “para que no te mate la Seguridad Social después de que el sistema sanitario haya hecho tantos esfuerzos para que sobrevivieras”.
La cultura rosa y el pensamiento positivo ocultan las cicatrices sociales y económicas de una enfermedad cuya recuperación y curación se proyecta a medio o largo plazo, anestesia la rabia y suprime el espíritu crítico. Por ello mis reivindicaciones como activista y enferma son un ejemplo desalentador de la falta de conocimiento público sobre el impacto de la enfermedad.
“La vida no sigue igual” después de un diagnóstico de cáncer, al menos no, para muchas de nosotras.
Mi mala salud de hierro y la incertidumbre de la fecha de mi próxima intervención me han impedido este año, con motivo del Día Mundial del Cáncer de Mama, hacer una campaña en los medios de comunicación. Es necesario dar a conocer la realidad objetiva y sin sesgos de cómo tiene que afrontar la vida diaria una enferma que carece de protección económica y social en un Estado que se proclama de Bienestar.
Esta semana el rosa será el protagonista. Cientos de iniciativas se ponen en marcha, muchas marcas se sumaran a ellas y las solapas de la mayoría de ciudadanos irán adornadas con el lacito rosa. La retórica sobre el cáncer de mama se centra en el "piensa en positivo y vencerás al cáncer".
Sin embargo, la experiencia de cáncer debilita y empobrece a muchas personas afectadas. Se habla muy poco de la calidad de vida y de las secuelas brutales del cáncer. Tampoco aparecían en los medios de comunicación hasta el inicio de mi denuncia pública para visibilizar la situación de indefensión socioeconómica de muchas de estas enfermas con la legislación vigente.
¿Cómo es que no se penaliza de forma ejemplar en España que te despidan por tener un cáncer? Si estás en activo las altas médicas del INSS aunque no estés recuperada te obligan a elegir entre tu salud o tu trabajo sin apenas fuerzas para realizarlo. Después de un cáncer no siempre se puede volver a la vida normal cuando la Administración lo impone y se necesita protección “para que no te mate la Seguridad Social después de que el sistema sanitario haya hecho tantos esfuerzos para que sobrevivieras”.
La cultura rosa y el pensamiento positivo ocultan las cicatrices sociales y económicas de una enfermedad cuya recuperación y curación se proyecta a medio o largo plazo, anestesia la rabia y suprime el espíritu crítico. Por ello mis reivindicaciones como activista y enferma son un ejemplo desalentador de la falta de conocimiento público sobre el impacto de la enfermedad.
“La vida no sigue igual” después de un diagnóstico de cáncer, al menos no, para muchas de nosotras.
























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