OPINION
Viajar en tiempos del coronavirus
Por: David Navarro Sánchez Piloto Comercial de Lucha Contra Incendios
La declaración del Estado de Alarma en España la conocí en Chile. Trabajaba pilotando un avión de coordinación de incendios forestales. Sobre el 10 de marzo el gobierno chileno restringió la entrada de extranjeros al país. Supimos entonces que los relevos de pilotos no llegarían.
Me costó más de un disgusto intentar convencer al coordinador de incendios y al operador de cámara de mi avión de que aceptaran que tomábamos determinadas medidas de protección en las operaciones. Poco a poco, a medida que las noticias sobre el Covid-19 fueron inundándolo todo, fueron finalmente viniendo a cada una de mis indicaciones. Se trataba de llevar todos puesta la mascarilla y utilizar gel hidroalcohólico para limpiarnos regularmente las manos, no hacer guardias en lugares donde transitaran otras personas como clubs aéreos, no dormir fuera de nuestro aeródromo base e intentar no repostar más de lo necesario en otros aeródromos, además debíamos comprometernos a cuidarnos lo máximo posible cuando nos retirábamos a descansar. Así fue como logramos seguir volando con cierta sensación de seguridad hasta que el avión fue guardado en su hangar, por finalización de campaña, el 27 de abril de 2020.
Conseguí volver a casa consiguiendo una plaza en un vuelo consular de Air France que volaba a París el día 29 de abril de 2020, en un Boing 777, lleno hasta la bandera, junto a 500 personas más aceptadas en la lista del Consulado Francés. Agradezco que mi empresa pagara los 791 $ USA que costó el billete y los 1200 euros que costaron el coche de alquiler, el gasoil y los peajes para que fuera posible volver conduciendo desde París hasta Barcelona.
El viaje en avión desde Santiago de Chile a París empezó temprano. Cuando llegué a la terminal, sobre las 7.45, estaba todo cerrado, excepto los puestos de facturación donde desembocaban las largas colas que acabaron formándose para los dos únicos vuelos del día, el del Consulado de Australia y el del Consulado de Francia. Absolutamente todas las personas que vi en la terminal de Santiago de Chile, como en el avión y también en la terminal de París, llevaban puesta una mascarilla, muchas llevaban también guantes, algunos se limpiaban con geles hidroalcohólicos o toallitas desinfectantes.
A Mí me asignaron un asiento entre dos personas, una señora francesa y una señorita suiza de origen turco, situado en la única fila en la que no funcionaban las pantallas que hay instaladas en los reposacabezas de los asientos. Estuve igualmente agradecido y dormí casi todo el vuelo que duró algunos minutos más de 12 horas, me ayudó haber dormido tan solo 3 horas la noche anterior. En el avión, absolutamente lleno, tuve la impresión de que a la mayoría de personas les suponía un gran esfuerzo mantenerse con las mascarillas puestas en las largas horas del vuelo, todos nos las quitamos para comer durante los dos servicios que nos distribuyeron a todos. Los tripulantes deambulaban perfectamente ataviados y protegidos con su uniforme, sus guantes y sus mascarillas.
En el viaje en coche desde París encontré controles policiales en los peajes y en la frontera, tenía preparados mi salvoconducto para el territorio chileno, la declaración de viaje para el territorio francés y mi salvoconducto para el territorio español. No fue necesario mostrarlos ni una sola vez, tanto los agentes franceses como los españoles fueron atentos y amables, escucharon mi historia de piloto de incendios forestales volviendo a casa, para empezar de nuevo la campaña aquí, interesándose alguno de ellos por los tipos de aeronave que pilotaba, curioso y con una mirada que hacía adivinar una sonrisa bajo la mascarilla.
En una de las estaciones de servicio en las que paré solo las máquinas de café y los lavabos eran accesibles, en la segunda pude entrar a la tienda y escoger snacks y patatas chips para comer durante el viaje. No todos los viajeros llevaban mascarilla y tuve la sensación de estos se fijaba en la mía como si fuese algo extraño.
Hoy he llegado a nuestra base en Sevilla para incorporarme a los vuelos de preparación para la campaña de incendios. Un viaje de mil kilómetros que he decidido hacer en coche teniendo en cuenta que sería el medio por el que menos veces me iba a poner en riesgo de contagio. El trayecto no ha costado más de 120 euros, el gasoil es barato durante la pandemia, hoy por hoy, entre 0,85 y 1,05 euros el litro dependiendo donde repostes. En avión solo los taxis y el vuelo con las tarifas actuales, superarían los 120 euros. En avión, teniendo en cuenta el desplazamiento hasta el aeropuerto, la espera para embarcar, el tiempo de vuelo, desembarcar y el desplazamiento hasta nuestra base, el tiempo total del viaje es de unas cuatro horas y media. En coche son unas pocas horas más, pero que se compensan con la autonomía que me da tener mi propio vehículo.
He consultado con algunos compañeros y amigos pilotos de aerolínea sobre como será viajar en avión a partir de ahora. Tenemos claro que las compañías lucharan por que se vuelva a la normalidad de poder llenar los aviones hasta el último asiento y volver con ello a la rentabilidad.
Mientras no dispongamos de una vacuna, las aerolíneas ya han implantado protocolos de seguridad sanitaria que varían de unas a otras, pero que van en general en la misma línea. En los vuelos que ha realizado Vueling hoy se han adoptado, al menos, las siguientes medidas: La mascarilla es obligatoria para todos durante todo el vuelo; hay siempre una separación de al menos un asiento entre pasajeros, a no ser que sean personas que conviven; el lavabo delantero se reserva para la tripulación, los pasajeros solo pueden utilizar el que hay en la cola del avión; no hay servicio de comida ni para pasajeros ni para tripulantes; se reparten hojas explicativas sobre sanidad en todos los asientos; se pide a los viajeros que no dejen ningún tipo de desecho al marcharse; al salir los pasajeros deben esperar sentados a que se levante y recoja sus cosas la persona que tengan delante y a que esta empiece a andar hacia la salida; los tripulantes no tocan los equipajes de los pasajeros por lo que evitarán en la medida de lo posible ayudarles a colocarlos; se informa a los pasajeros de que en caso de despresurización debe retirarse la mascarilla sanitaria para poder usar la máscara de oxígeno; la sobrecargo no puede entrar a la cabina de los pilotos durante toda la operación y el coordinador no puede entrar a la aeronave durante el embarque y desembarque; los pasajeros embarcan preferentemente por las escaleras exteriores para evitar que se agolpen dentro del finger.
Es una condición humana olvidar rápido los malos recuerdos y cuando termine este estado de pandemia no tardaremos en recordar vagamente que hubo un tiempo en que los aviones no iban casi siempre llenos, un tiempo en el que no era tan habitual, como si fuese algo extraño, que miles de máquinas se desplacen a casi mil kilómetros por hora con pesos cercanos a los cien mil kilogramos, a una altitud de diez kilómetros sobre la tierra y transportando en su interior a cientos de almas.

La declaración del Estado de Alarma en España la conocí en Chile. Trabajaba pilotando un avión de coordinación de incendios forestales. Sobre el 10 de marzo el gobierno chileno restringió la entrada de extranjeros al país. Supimos entonces que los relevos de pilotos no llegarían.
Me costó más de un disgusto intentar convencer al coordinador de incendios y al operador de cámara de mi avión de que aceptaran que tomábamos determinadas medidas de protección en las operaciones. Poco a poco, a medida que las noticias sobre el Covid-19 fueron inundándolo todo, fueron finalmente viniendo a cada una de mis indicaciones. Se trataba de llevar todos puesta la mascarilla y utilizar gel hidroalcohólico para limpiarnos regularmente las manos, no hacer guardias en lugares donde transitaran otras personas como clubs aéreos, no dormir fuera de nuestro aeródromo base e intentar no repostar más de lo necesario en otros aeródromos, además debíamos comprometernos a cuidarnos lo máximo posible cuando nos retirábamos a descansar. Así fue como logramos seguir volando con cierta sensación de seguridad hasta que el avión fue guardado en su hangar, por finalización de campaña, el 27 de abril de 2020.
Conseguí volver a casa consiguiendo una plaza en un vuelo consular de Air France que volaba a París el día 29 de abril de 2020, en un Boing 777, lleno hasta la bandera, junto a 500 personas más aceptadas en la lista del Consulado Francés. Agradezco que mi empresa pagara los 791 $ USA que costó el billete y los 1200 euros que costaron el coche de alquiler, el gasoil y los peajes para que fuera posible volver conduciendo desde París hasta Barcelona.
El viaje en avión desde Santiago de Chile a París empezó temprano. Cuando llegué a la terminal, sobre las 7.45, estaba todo cerrado, excepto los puestos de facturación donde desembocaban las largas colas que acabaron formándose para los dos únicos vuelos del día, el del Consulado de Australia y el del Consulado de Francia. Absolutamente todas las personas que vi en la terminal de Santiago de Chile, como en el avión y también en la terminal de París, llevaban puesta una mascarilla, muchas llevaban también guantes, algunos se limpiaban con geles hidroalcohólicos o toallitas desinfectantes.
A Mí me asignaron un asiento entre dos personas, una señora francesa y una señorita suiza de origen turco, situado en la única fila en la que no funcionaban las pantallas que hay instaladas en los reposacabezas de los asientos. Estuve igualmente agradecido y dormí casi todo el vuelo que duró algunos minutos más de 12 horas, me ayudó haber dormido tan solo 3 horas la noche anterior. En el avión, absolutamente lleno, tuve la impresión de que a la mayoría de personas les suponía un gran esfuerzo mantenerse con las mascarillas puestas en las largas horas del vuelo, todos nos las quitamos para comer durante los dos servicios que nos distribuyeron a todos. Los tripulantes deambulaban perfectamente ataviados y protegidos con su uniforme, sus guantes y sus mascarillas.
En el viaje en coche desde París encontré controles policiales en los peajes y en la frontera, tenía preparados mi salvoconducto para el territorio chileno, la declaración de viaje para el territorio francés y mi salvoconducto para el territorio español. No fue necesario mostrarlos ni una sola vez, tanto los agentes franceses como los españoles fueron atentos y amables, escucharon mi historia de piloto de incendios forestales volviendo a casa, para empezar de nuevo la campaña aquí, interesándose alguno de ellos por los tipos de aeronave que pilotaba, curioso y con una mirada que hacía adivinar una sonrisa bajo la mascarilla.
En una de las estaciones de servicio en las que paré solo las máquinas de café y los lavabos eran accesibles, en la segunda pude entrar a la tienda y escoger snacks y patatas chips para comer durante el viaje. No todos los viajeros llevaban mascarilla y tuve la sensación de estos se fijaba en la mía como si fuese algo extraño.
Hoy he llegado a nuestra base en Sevilla para incorporarme a los vuelos de preparación para la campaña de incendios. Un viaje de mil kilómetros que he decidido hacer en coche teniendo en cuenta que sería el medio por el que menos veces me iba a poner en riesgo de contagio. El trayecto no ha costado más de 120 euros, el gasoil es barato durante la pandemia, hoy por hoy, entre 0,85 y 1,05 euros el litro dependiendo donde repostes. En avión solo los taxis y el vuelo con las tarifas actuales, superarían los 120 euros. En avión, teniendo en cuenta el desplazamiento hasta el aeropuerto, la espera para embarcar, el tiempo de vuelo, desembarcar y el desplazamiento hasta nuestra base, el tiempo total del viaje es de unas cuatro horas y media. En coche son unas pocas horas más, pero que se compensan con la autonomía que me da tener mi propio vehículo.
He consultado con algunos compañeros y amigos pilotos de aerolínea sobre como será viajar en avión a partir de ahora. Tenemos claro que las compañías lucharan por que se vuelva a la normalidad de poder llenar los aviones hasta el último asiento y volver con ello a la rentabilidad.
Mientras no dispongamos de una vacuna, las aerolíneas ya han implantado protocolos de seguridad sanitaria que varían de unas a otras, pero que van en general en la misma línea. En los vuelos que ha realizado Vueling hoy se han adoptado, al menos, las siguientes medidas: La mascarilla es obligatoria para todos durante todo el vuelo; hay siempre una separación de al menos un asiento entre pasajeros, a no ser que sean personas que conviven; el lavabo delantero se reserva para la tripulación, los pasajeros solo pueden utilizar el que hay en la cola del avión; no hay servicio de comida ni para pasajeros ni para tripulantes; se reparten hojas explicativas sobre sanidad en todos los asientos; se pide a los viajeros que no dejen ningún tipo de desecho al marcharse; al salir los pasajeros deben esperar sentados a que se levante y recoja sus cosas la persona que tengan delante y a que esta empiece a andar hacia la salida; los tripulantes no tocan los equipajes de los pasajeros por lo que evitarán en la medida de lo posible ayudarles a colocarlos; se informa a los pasajeros de que en caso de despresurización debe retirarse la mascarilla sanitaria para poder usar la máscara de oxígeno; la sobrecargo no puede entrar a la cabina de los pilotos durante toda la operación y el coordinador no puede entrar a la aeronave durante el embarque y desembarque; los pasajeros embarcan preferentemente por las escaleras exteriores para evitar que se agolpen dentro del finger.
Es una condición humana olvidar rápido los malos recuerdos y cuando termine este estado de pandemia no tardaremos en recordar vagamente que hubo un tiempo en que los aviones no iban casi siempre llenos, un tiempo en el que no era tan habitual, como si fuese algo extraño, que miles de máquinas se desplacen a casi mil kilómetros por hora con pesos cercanos a los cien mil kilogramos, a una altitud de diez kilómetros sobre la tierra y transportando en su interior a cientos de almas.



























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