Lunes, 19 de Enero de 2026

Redacción / Xornal21.es
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Mos

El Castro de Torroso cumple 40 años de abandono

Ubicado en Mos reescribió los orígenes del poblamiento estable en Galicia

Imagen de la excavación de Antonio de la Peña Santos en la década de los 80Imagen de la excavación de Antonio de la Peña Santos en la década de los 80

Las excavaciones de los años 80 revelaron un asentamiento del siglo VII a.C. clave para la transición de la Edad del Bronce al Hierro y el origen de la arquitectura castreña, pero hoy el yacimiento afronta cuatro décadas de abandono y un deterioro crítico.

Un modesto montículo en la parroquia de San Mamede de Torroso, en el municipio de Mos, guarda el que está considerado el primer asentamiento humano estable documentado en Galicia. Las excavaciones arqueológicas sistemáticas llevadas a cabo entre 1984 y 1986 por el Museo de Pontevedra, bajo la dirección de Antonio de la Peña Santos, desenterraron un poblado que ha resultado ser una pieza clave para comprender la transición entre el apogeo de la Edad del Bronce y los inicios de la Edad del Hierro en el noroeste peninsular, adelantando en siglos la cronología aceptada hasta entonces para el fenómeno castreño.

 

 

El yacimiento, estratégicamente emplazado a unos 130 metros de altitud, fue elegido por sus condiciones defensivas naturales, reforzadas con un imponente sistema artificial. En su flanco más vulnerable, los antiguos habitantes construyeron una muralla de piedra de al menos cinco metros de altura, respaldada por tres fosos concéntricos con parapetos intermedios. Este complejo defensivo no solo protegía a la comunidad, sino que también servía de contención para las tierras de una amplia terraza habilitada en la ladera, donde se centraron las excavaciones.

 

El hallazgo más revolucionario procede de la secuencia arquitectónica. La estratigrafía revela una evolución clara en la construcción de las viviendas. En los niveles más antiguos (III y II) se identificaron simples fondos de cabaña de materiales perecederos, definidos por alineaciones de piedras en arco y hogares centrales. Sin embargo, en el nivel superior y final (nivel I), correspondiente al momento de mayor esplendor, aparecen construcciones de mampostería ya plenamente desarrolladas.

 

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Se documentaron dos cabañas de planta circular y una de planta "en espiral" de factura singular, todas ellas construidas con el típico muro de doble capa y un espesor de entre 40 y 50 centímetros, asentadas directamente sobre el suelo sin cimentación. Este salto tecnológico evidencia lo que los estudiosos denominan la "petrificación" de la arquitectura castreña, un proceso que las dataciones de Torroso sitúan, como muy tarde, en el siglo VII a.C., adelantando en varios cientos de años las fechas que manejaba la historiografía tradicional para este fenómeno.

 

La vida en el castro estaba sustentada por una economía mixta y diversificada. El hallazgo de abundantes molinos de vaivén y granos carbonizados de bellota y trigo (triticum s.p.) atestigua una agricultura que combinaba la recolección con el cultivo. No se han encontrado restos de actividades ganaderas o de caza, aunque la proximidad de pastos y un riachuelo rico en pesca, según las fuentes, sugieren que también formaban parte de su sustento.

 

Sin embargo, fue la metalurgia la actividad que otorgó a Torroso una especial relevancia. El poblado era un activo centro de producción de bronce, como demuestran la gran cantidad de escoria, rebabas, fragmentos de crisol e incluso un trozo de molde de esteatita hallados en todos los niveles. El análisis espectrográfico de los objetos revela el uso de una metalurgia ternaria, con aleaciones de cobre, estaño y plomo, destacando por su altísimo porcentaje de estaño, superior al 25% en muchas piezas.

 

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El catálogo de objetos metálicos recuperado es excepcional. Del interior de las cabañas del nivel I proceden colgantes amorcillados y fusiformes, agujas de cabeza enrollada, una placa de cinturón con incrustaciones de plata y restos de calderos de remaches de posible origen atlántico. Estos objetos no solo muestran una técnica avanzada, sino también contactos comerciales de largo alcance. La presencia de una aguja de cabeza plana enrollada y el remate de una fíbula, ambos de clara influencia mediterránea, apuntan a intercambios con el mundo fenicio que actuaba como intermediario.

 

Un descubrimiento de gran trascendencia fue el de varios objetos de hierro en el mismo nivel, entre ellos una hoz o podadora con un innovador tubo soldado. Estos artefactos, tecnológicamente avanzados para la época, confirman que Torroso ya estaba inmerso en los inicios de la Edad del Hierro, probablemente gracias a esos mismos contactos con el sur de la península.

 

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Las siete dataciones de Carbono-14 realizadas en la Universidad de Groningen, aunque con algunas incertidumbres, sitúan de forma coherente el período de ocupación principal a lo largo del siglo VII a.C. Esta fecha convierte a Torroso en un testimonio único de una sociedad galaica autóctona en plena transformación: una comunidad dinámica, con una jerarquía social incipiente –sugerida por la calidad de algunos objetos metálicos– y capaz de asimilar influencias externas mientras sentaba, en piedra y metal, las bases de la cultura castreña que dominaría el noroeste en los siglos venideros. El castro de Torroso no es solo un yacimiento antiguo; es el acta de nacimiento del poblamiento estable gallego.

 

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Sin embargo, el paso del tiempo y la desidia institucional han condenado al yacimiento a una situación crítica. Cuarenta años después de las reveladoras excavaciones, el Castro de Torroso, sigue pendiente de una intervención urgente de consolidación y puesta en valor, se encuentra abandonado, expuesto a la erosión y al deterioro progresivo, lo que pone en serio peligro la preservación de este patrimonio fundamental para comprender los orígenes de Galicia.

 

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