40 años del hallazgo de Torroso
Así vivían en el yacimiento de Mos que reescribe el origen de Galicia
El poblado de Torroso que sentó las bases de la civilización hace 2700 años | © Xornal21.es
Hace 40 años, las excavaciones arqueológicas del Museo de Pontevedra en el municipio de Mos descubrieron el primer poblado estable gallego. Ahora, al cumplirse cuatro décadas del hallazgo, Xornal21.es reconstruye, a partir de los datos científicos publicados, la vida cotidiana de esta sociedad pionera que ya comerciaba con fenicios, fundía bronce y comenzaba a construir en piedra.
La historia de Galicia no comenzó con los castros que hoy pueblan nuestro imaginario colectivo. Comenzó antes, en un montículo de la parroquia de San Mamede de Torroso, en Mos, donde hace aproximadamente 2.700 años una comunidad decidió dejar el nomadismo y echar raíces. Entre 1984 y 1986, el equipo del arqueólogo Antonio de la Peña Santos, del Museo de Pontevedra, realizó tres campañas de excavación que cambiarían para siempre la comprensión de nuestro pasado más remoto. Ahora, al cumplirse cuarenta años de aquel trabajo pionero, no solo conmemoramos un aniversario arqueológico, sino que recuperamos la memoria de la que está considerada la primera aldea estable de Galicia, cuyos vestigios, paradójicamente, languidecen en el mismo abandono que los rescató del olvio.
Las dataciones de Carbono-14 realizadas en la Universidad de Groningen situaron de forma inequívoca la ocupación principal del yacimiento a lo largo del siglo VII antes de Cristo. Este dato, en apariencia técnico, es revolucionario: adelanta en varios siglos la fecha aceptada hasta entonces para el inicio del poblamiento sedentario y la arquitectura en piedra en el noroeste peninsular. Torroso no es un castro más; es el laboratorio donde se forjaron los rasgos identitarios de la cultura galaica.
La vida en la terraza fortificada
La elección del lugar no fue casual. El poblado se alzaba en un cerro de mediana altura en la margen derecha del valle del río Louro, una posición estratégica dentro de la depresión natural que une Tui con Padrón, una ruta que siglos después sería la Vía XX romana. Para convertir este espacio en habitable, sus habitantes realizaron una colosal obra de ingeniería: rebajaron la cima y crearon una amplia terraza artificial en la ladera mediante desmontes y rellenos. Este espacio, de unos 20-30 metros de anchura, estaba protegido por un formidable sistema defensivo compuesto por una muralla de piedra de al menos cinco metros de alto y tres fosos concéntricos excavados en la roca viva.
![[Img #101243]](https://xornal21.com/upload/images/01_2026/5196_catro-de-torroso-habitantes-xornal21es.jpg)
Dentro de este espacio seguro, la evolución de las viviendas narra un capítulo crucial de nuestra prehistoria. En los niveles inferiores, las excavaciones documentaron simples fondos de cabaña: hogares circulares delineados con piedras, donde estructuras de madera, barro y materiales vegetales albergaban a las familias. Sin embargo, en el nivel superior, correspondiente al momento de máximo esplendor, la arquitectura da un salto cualitativo. Aparecen construcciones de mampostería de doble capa, con paredes de 40-50 centímetros de espesor formadas por dos hiladas de piedras sin trabajar, asentadas en seco sobre un lecho de jabre. Las plantas son circulares, y en una de ellas se documentó una singular estructura "en espiral". Esta "petrificación" de la vivienda, que los arqueólogos fechan aquí en el siglo VII a.C., es el germen de la arquitectura castreña que caracterizaría a Galicia siglos después.
Economía, dieta y sonidos cotidianos
El ritmo de vida en Torroso estaba marcado por una economía mixta de producción y recolección. Cada mañana, el sonido de la piedra contra la piedra resonaba en la terraza: eran los molinos de vaivén triturando el sustento diario. El registro arqueológico es explícito: en todas las capas del yacimiento se encontraron abundantes granos carbonizados de trigo (triticum sp.) y bellotas. La dieta se complementaba con lo que ofrecían los bosques circundantes y un riachuelo próximo, rico en pesca.
![[Img #101244]](https://xornal21.com/upload/images/01_2026/8667_preparacion-de-alimentos-castro-de-torroso-xornal21es.jpg)
La cerámica, fabricada íntegramente a mano con la técnica de los cordones superpuestos, era funcional y austera. Destacan dos formas: los clásicos vasos troncocónicos para almacenar y servir, y unas singulares fuentes de paredes rectas y gruesas asas internas. El hecho de que estas últimas aparezcan sistemáticamente cubiertas de una espesa capa de hollín indica que se colocaban directamente sobre el fuego, probablemente para tostar cereales y bellotas, una práctica culinaria documentada en otros yacimientos contemporáneos.
El corazón de bronce de Galicia
Si hay un elemento que define la singularidad de Torroso es su metalurgia avanzada. El poblado no era un simple consumidor de objetos metálicos; era un centro de producción especializada. La evidencia es abrumadora: se recuperaron numerosos fragmentos de crisol, escorias, rebabas de fundición e incluso un trozo de un molde de esteatita o serpentina. Los análisis espectrográficos de los hallazgos, realizados años después de la excavación, revelaron que estos artesanos manejaban aleaciones ternarias complejas de cobre, estaño y plomo, con un porcentaje de estaño inusualmente alto, a menudo superior al 25%.
![[Img #101242]](https://xornal21.com/upload/images/01_2026/834_catro-de-torroso-pioneros-en-fundicion-xornal21es.jpg)
El fruto de este trabajo no eran armas, sino objetos de adorno personal y prestigio. Del interior de las cabañas se recuperaron colgantes amorcillados y fusiformes, agujas de cabeza plana enrollada, aritos de collar y la pieza más espectacular: una gran placa de cinturón. Esta placa, decorada con un motivo ajedrezado, presentaba en sus bordes incrustaciones de pequeñas plaquitas de plata, una técnica ornamental cuyo origen se sitúa en el Mediterráneo oriental.
La ventana al mundo: comercio e influencias
La presencia de esa placa y de otros objetos no es casual. Evidencia contactos comerciales regulares con el mundo fenicio que transitaba por la costa gallega. Otra prueba clave es el hallazgo de una fíbula (imperdible) de pie enrollado, el primer ejemplar de este tipo documentado en Galicia, un "fósil director" de origen mediterráneo que marca el inicio de la Edad del Hierro en la Península. Aún más significativa es la aparición de varios objetos de hierro, incluyendo una hoz o podadora con un avanzado tubo soldado. En el siglo VII a.C., el hierro era una novedad tecnológica exótica que solo podía llegar a través de intercambios con el sur de la Península, donde los fenicios actuaban como intermediarios.
A cambio, Torroso probablemente exportaba su bronce de alta calidad, su experiencia metalúrgica y quizás otros recursos locales. Estos intercambios no eran masivos, sino que circulaban por redes de prestigio, consolidando el estatus de una élite local emergente.
Legado y abandono: cuarenta años después
La sociedad de Torroso representa por tanto el momento fundacional de la identidad galaica: una comunidad autóctona de raíz atlántica, dinámica y con una gran capacidad de asimilación, que comenzó a construir en piedra, dominó la metalurgia más avanzada de su tiempo y estableció los primeros vínculos comerciales que conectarían Galicia con el Mediterráneo.
Cuatro décadas después de que la pala de Antonio de la Peña Santos sacara a la luz este testimonio irrepetible, su legado se enfrenta a una contradicción desoladora. Mientras su importancia científica es incuestionable, el yacimiento físico lleva cuarenta años abandonado, expuesto a la erosión y el deterioro. El lugar donde empezó todo carece de protección, consolidación y puesta en valor. Conmemorar el 40 aniversario de su excavación no debe ser solo un ejercicio de memoria arqueológica, sino una llamada urgente a la acción para preservar, de una vez por todas, la cuna física de la historia de Galicia.
NOTA: Imágenes generadas con IA a partir de datos científicos de la última excavación. Su precisión es limitada por la escasez de información disponible, pero incorporan elementos de rigor histórico en su reconstrucción © Xornal21.es
El poblado de Torroso que sentó las bases de la civilización hace 2700 años | © Xornal21.es
La historia de Galicia no comenzó con los castros que hoy pueblan nuestro imaginario colectivo. Comenzó antes, en un montículo de la parroquia de San Mamede de Torroso, en Mos, donde hace aproximadamente 2.700 años una comunidad decidió dejar el nomadismo y echar raíces. Entre 1984 y 1986, el equipo del arqueólogo Antonio de la Peña Santos, del Museo de Pontevedra, realizó tres campañas de excavación que cambiarían para siempre la comprensión de nuestro pasado más remoto. Ahora, al cumplirse cuarenta años de aquel trabajo pionero, no solo conmemoramos un aniversario arqueológico, sino que recuperamos la memoria de la que está considerada la primera aldea estable de Galicia, cuyos vestigios, paradójicamente, languidecen en el mismo abandono que los rescató del olvio.
Las dataciones de Carbono-14 realizadas en la Universidad de Groningen situaron de forma inequívoca la ocupación principal del yacimiento a lo largo del siglo VII antes de Cristo. Este dato, en apariencia técnico, es revolucionario: adelanta en varios siglos la fecha aceptada hasta entonces para el inicio del poblamiento sedentario y la arquitectura en piedra en el noroeste peninsular. Torroso no es un castro más; es el laboratorio donde se forjaron los rasgos identitarios de la cultura galaica.
La vida en la terraza fortificada
La elección del lugar no fue casual. El poblado se alzaba en un cerro de mediana altura en la margen derecha del valle del río Louro, una posición estratégica dentro de la depresión natural que une Tui con Padrón, una ruta que siglos después sería la Vía XX romana. Para convertir este espacio en habitable, sus habitantes realizaron una colosal obra de ingeniería: rebajaron la cima y crearon una amplia terraza artificial en la ladera mediante desmontes y rellenos. Este espacio, de unos 20-30 metros de anchura, estaba protegido por un formidable sistema defensivo compuesto por una muralla de piedra de al menos cinco metros de alto y tres fosos concéntricos excavados en la roca viva.
![[Img #101243]](https://xornal21.com/upload/images/01_2026/5196_catro-de-torroso-habitantes-xornal21es.jpg)
Dentro de este espacio seguro, la evolución de las viviendas narra un capítulo crucial de nuestra prehistoria. En los niveles inferiores, las excavaciones documentaron simples fondos de cabaña: hogares circulares delineados con piedras, donde estructuras de madera, barro y materiales vegetales albergaban a las familias. Sin embargo, en el nivel superior, correspondiente al momento de máximo esplendor, la arquitectura da un salto cualitativo. Aparecen construcciones de mampostería de doble capa, con paredes de 40-50 centímetros de espesor formadas por dos hiladas de piedras sin trabajar, asentadas en seco sobre un lecho de jabre. Las plantas son circulares, y en una de ellas se documentó una singular estructura "en espiral". Esta "petrificación" de la vivienda, que los arqueólogos fechan aquí en el siglo VII a.C., es el germen de la arquitectura castreña que caracterizaría a Galicia siglos después.
Economía, dieta y sonidos cotidianos
El ritmo de vida en Torroso estaba marcado por una economía mixta de producción y recolección. Cada mañana, el sonido de la piedra contra la piedra resonaba en la terraza: eran los molinos de vaivén triturando el sustento diario. El registro arqueológico es explícito: en todas las capas del yacimiento se encontraron abundantes granos carbonizados de trigo (triticum sp.) y bellotas. La dieta se complementaba con lo que ofrecían los bosques circundantes y un riachuelo próximo, rico en pesca.
![[Img #101244]](https://xornal21.com/upload/images/01_2026/8667_preparacion-de-alimentos-castro-de-torroso-xornal21es.jpg)
La cerámica, fabricada íntegramente a mano con la técnica de los cordones superpuestos, era funcional y austera. Destacan dos formas: los clásicos vasos troncocónicos para almacenar y servir, y unas singulares fuentes de paredes rectas y gruesas asas internas. El hecho de que estas últimas aparezcan sistemáticamente cubiertas de una espesa capa de hollín indica que se colocaban directamente sobre el fuego, probablemente para tostar cereales y bellotas, una práctica culinaria documentada en otros yacimientos contemporáneos.
El corazón de bronce de Galicia
Si hay un elemento que define la singularidad de Torroso es su metalurgia avanzada. El poblado no era un simple consumidor de objetos metálicos; era un centro de producción especializada. La evidencia es abrumadora: se recuperaron numerosos fragmentos de crisol, escorias, rebabas de fundición e incluso un trozo de un molde de esteatita o serpentina. Los análisis espectrográficos de los hallazgos, realizados años después de la excavación, revelaron que estos artesanos manejaban aleaciones ternarias complejas de cobre, estaño y plomo, con un porcentaje de estaño inusualmente alto, a menudo superior al 25%.
![[Img #101242]](https://xornal21.com/upload/images/01_2026/834_catro-de-torroso-pioneros-en-fundicion-xornal21es.jpg)
El fruto de este trabajo no eran armas, sino objetos de adorno personal y prestigio. Del interior de las cabañas se recuperaron colgantes amorcillados y fusiformes, agujas de cabeza plana enrollada, aritos de collar y la pieza más espectacular: una gran placa de cinturón. Esta placa, decorada con un motivo ajedrezado, presentaba en sus bordes incrustaciones de pequeñas plaquitas de plata, una técnica ornamental cuyo origen se sitúa en el Mediterráneo oriental.
La ventana al mundo: comercio e influencias
La presencia de esa placa y de otros objetos no es casual. Evidencia contactos comerciales regulares con el mundo fenicio que transitaba por la costa gallega. Otra prueba clave es el hallazgo de una fíbula (imperdible) de pie enrollado, el primer ejemplar de este tipo documentado en Galicia, un "fósil director" de origen mediterráneo que marca el inicio de la Edad del Hierro en la Península. Aún más significativa es la aparición de varios objetos de hierro, incluyendo una hoz o podadora con un avanzado tubo soldado. En el siglo VII a.C., el hierro era una novedad tecnológica exótica que solo podía llegar a través de intercambios con el sur de la Península, donde los fenicios actuaban como intermediarios.
A cambio, Torroso probablemente exportaba su bronce de alta calidad, su experiencia metalúrgica y quizás otros recursos locales. Estos intercambios no eran masivos, sino que circulaban por redes de prestigio, consolidando el estatus de una élite local emergente.
Legado y abandono: cuarenta años después
La sociedad de Torroso representa por tanto el momento fundacional de la identidad galaica: una comunidad autóctona de raíz atlántica, dinámica y con una gran capacidad de asimilación, que comenzó a construir en piedra, dominó la metalurgia más avanzada de su tiempo y estableció los primeros vínculos comerciales que conectarían Galicia con el Mediterráneo.
Cuatro décadas después de que la pala de Antonio de la Peña Santos sacara a la luz este testimonio irrepetible, su legado se enfrenta a una contradicción desoladora. Mientras su importancia científica es incuestionable, el yacimiento físico lleva cuarenta años abandonado, expuesto a la erosión y el deterioro. El lugar donde empezó todo carece de protección, consolidación y puesta en valor. Conmemorar el 40 aniversario de su excavación no debe ser solo un ejercicio de memoria arqueológica, sino una llamada urgente a la acción para preservar, de una vez por todas, la cuna física de la historia de Galicia.
NOTA: Imágenes generadas con IA a partir de datos científicos de la última excavación. Su precisión es limitada por la escasez de información disponible, pero incorporan elementos de rigor histórico en su reconstrucción © Xornal21.es

































