Día Domingo, 25 de Enero de 2026
Actualidad
El feísmo: una mirada actual a un fenómeno social y territorial
Paisaje urbano | Jesús Carrera
La estética ignorada es un camino directo hacia el deterioro urbano
Sin alejarnos demasiado de nuestro entorno cotidiano, es fácil encontrarse con edificaciones que, fruto de un auge constructivo pasado y de una falta de planificación estética, rompen la armonía del paisaje y generan un impacto visual evidente. Este fenómeno, conocido popularmente como feísmo, se ha convertido en un rasgo característico de muchos territorios, especialmente en Galicia, aunque no es exclusivo de esta comunidad. Su origen está profundamente ligado a los cambios sociales y económicos que transformaron España durante el siglo XX.
El feísmo surge en un contexto de crecimiento acelerado de las ciudades, que se vieron obligadas a acoger a miles de personas procedentes del medio rural. El éxodo del campo a la ciudad, motivado por la imposibilidad de vivir de pequeñas explotaciones agrícolas y por la aparición de nuevas industrias, generó una demanda masiva de viviendas. Las urbes crecieron de forma desordenada, improvisando barrios enteros para alojar a una población que llegaba sin pausa. A la vez, proliferaron asentamientos informales y chabolas próximas a los centros urbanos, reflejo de la urgencia y la precariedad del momento.
Ante esta presión demográfica, la construcción se convirtió en un proceso rápido y, en muchos casos, descuidado. Constructores y arquitectos, desbordados por la demanda o poco interesados en la calidad estética, levantaron edificios sin atender a criterios de integración paisajística ni a la coherencia con el entorno. A ello se sumaban la escasa formación técnica de algunos profesionales, el incumplimiento de normativas municipales y una supervisión administrativa insuficiente. El resultado fue un patrimonio urbano y rural marcado por obras inconclusas, ampliaciones improvisadas y soluciones constructivas que hoy consideramos aberrantes. Galicia acumula numerosos ejemplos, pero otras comunidades españolas también padecieron —y aún padecen— manifestaciones similares.
![[Img #101312]](https://xornal21.com/upload/images/01_2026/853_feismo-urbano___jesus-carrera.jpg)
Con el paso del tiempo, la sociedad ha ido tomando conciencia de la importancia del paisaje como un valor cultural, económico y emocional. Cada vez se reconoce más cómo determinadas intervenciones arquitectónicas pueden suponer un auténtico maltrato al entorno. Ese maltrato se manifiesta en la destrucción de la arquitectura tradicional, en el uso de materiales inapropiados, en edificios sin rematar, en el abuso del hormigón y el asfalto, en rehabilitaciones deficientes o en fachadas que permanecen décadas con el ladrillo desnudo. También afecta al patrimonio histórico: iglesias abandonadas, petos de ánimas deteriorados, hórreos en ruinas o muros de piedra sustituidos por bloques prefabricados.
Entre los ejemplos más llamativos se encuentra el ya célebre cierre de fincas con somieres, convertido casi en un símbolo del feísmo gallego. Lo curioso es que, cuando se pregunta a los vecinos por qué recurren a estas soluciones, la respuesta suele ser una mezcla de resignación y justificación práctica: “era lo que había”, “salía barato”, “cumple su función”. Esa actitud, menos defensiva que en el pasado, puede interpretarse como un signo de que la percepción social del feísmo está cambiando y que existe una mayor sensibilidad hacia el cuidado del entorno.
El filósofo Antón Baamonde lo resume con claridad al afirmar que “la palabra feísmo confunde más de lo que aclara, porque parece remitir a una cuestión estética y no lo es; más bien es un fenómeno social”. Su reflexión invita a entender el feísmo no como un simple problema de gusto, sino como el resultado de procesos históricos, económicos y culturales que han moldeado la forma de habitar el territorio.
La Real Academia Española recoge el término feísmo como una tendencia artística que concede valor estético a lo feo. Sin embargo, en Galicia la palabra adquirió un significado propio a partir del año 2000, cuando comenzó a utilizarse para describir estas prácticas constructivas y paisajísticas. Con el tiempo, el concepto se asentó tanto en el lenguaje cotidiano como en el ámbito administrativo, hasta el punto de aparecer en documentos oficiales y normativas urbanísticas.
Uno de los puntos más polémicos es la proliferación de fachadas sin terminar. La Xunta de Galicia las reconoce como manifestaciones de feísmo y, con la entrada en vigor de la Ley del Suelo de Galicia en 2021, se establecieron sanciones de hasta 25.000 euros para quienes incumplan las obligaciones de remate y mantenimiento. Esta ley busca combatir las aberraciones urbanas y rurales, promover la integración paisajística, soterrar tendidos eléctricos, proteger espacios naturales, controlar especies invasoras y fomentar la reforestación con especies autóctonas. En definitiva, pretende corregir décadas de desorden y avanzar hacia un territorio más cuidado y coherente.
Frente a este panorama, han surgido iniciativas creativas para transformar algunos de los elementos más visibles del feísmo. Una de las más destacadas es la decoración de fachadas mediante murales. Lo que comenzó como grafitis clandestinos, realizados de forma espontánea, se ha convertido en un movimiento cultural que reivindica el arte urbano como herramienta de regeneración estética. Hoy, desde pequeños dibujos hasta enormes murales de varios pisos dan vida a paredes antes abandonadas, convirtiendo espacios degradados en puntos de interés cultural y turístico. Este fenómeno no solo embellece, sino que también invita a reflexionar sobre el uso del espacio público y sobre la capacidad del arte para dialogar con el entorno.
El objetivo final es fomentar una mirada más atenta hacia lo que nos rodea. Se trata de promover un urbanismo y una arquitectura que respeten el paisaje, que valoren la tradición y que eviten el “ti vai facendo, que xa o arranxaremos”, esa actitud tan arraigada que ha contribuido a perpetuar el feísmo. La responsabilidad es compartida: administraciones, profesionales y ciudadanía deben implicarse en la construcción de un territorio más armónico, sostenible y digno.
El feísmo, en definitiva, no es solo un conjunto de prácticas desafortunadas, sino un espejo de nuestra historia reciente. Comprenderlo nos permite entender cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, cómo podemos avanzar hacia un futuro en el que el paisaje sea un patrimonio a proteger y no un recurso a maltratar. Galicia, con su riqueza cultural y su fuerte vínculo con la tierra, tiene en este desafío una oportunidad para reivindicar su identidad y construir un entorno que refleje lo mejor de su carácter.
Paisaje urbano | Jesús CarreraSin alejarnos demasiado de nuestro entorno cotidiano, es fácil encontrarse con edificaciones que, fruto de un auge constructivo pasado y de una falta de planificación estética, rompen la armonía del paisaje y generan un impacto visual evidente. Este fenómeno, conocido popularmente como feísmo, se ha convertido en un rasgo característico de muchos territorios, especialmente en Galicia, aunque no es exclusivo de esta comunidad. Su origen está profundamente ligado a los cambios sociales y económicos que transformaron España durante el siglo XX.
El feísmo surge en un contexto de crecimiento acelerado de las ciudades, que se vieron obligadas a acoger a miles de personas procedentes del medio rural. El éxodo del campo a la ciudad, motivado por la imposibilidad de vivir de pequeñas explotaciones agrícolas y por la aparición de nuevas industrias, generó una demanda masiva de viviendas. Las urbes crecieron de forma desordenada, improvisando barrios enteros para alojar a una población que llegaba sin pausa. A la vez, proliferaron asentamientos informales y chabolas próximas a los centros urbanos, reflejo de la urgencia y la precariedad del momento.
Ante esta presión demográfica, la construcción se convirtió en un proceso rápido y, en muchos casos, descuidado. Constructores y arquitectos, desbordados por la demanda o poco interesados en la calidad estética, levantaron edificios sin atender a criterios de integración paisajística ni a la coherencia con el entorno. A ello se sumaban la escasa formación técnica de algunos profesionales, el incumplimiento de normativas municipales y una supervisión administrativa insuficiente. El resultado fue un patrimonio urbano y rural marcado por obras inconclusas, ampliaciones improvisadas y soluciones constructivas que hoy consideramos aberrantes. Galicia acumula numerosos ejemplos, pero otras comunidades españolas también padecieron —y aún padecen— manifestaciones similares.
![[Img #101312]](https://xornal21.com/upload/images/01_2026/853_feismo-urbano___jesus-carrera.jpg)
Con el paso del tiempo, la sociedad ha ido tomando conciencia de la importancia del paisaje como un valor cultural, económico y emocional. Cada vez se reconoce más cómo determinadas intervenciones arquitectónicas pueden suponer un auténtico maltrato al entorno. Ese maltrato se manifiesta en la destrucción de la arquitectura tradicional, en el uso de materiales inapropiados, en edificios sin rematar, en el abuso del hormigón y el asfalto, en rehabilitaciones deficientes o en fachadas que permanecen décadas con el ladrillo desnudo. También afecta al patrimonio histórico: iglesias abandonadas, petos de ánimas deteriorados, hórreos en ruinas o muros de piedra sustituidos por bloques prefabricados.
Entre los ejemplos más llamativos se encuentra el ya célebre cierre de fincas con somieres, convertido casi en un símbolo del feísmo gallego. Lo curioso es que, cuando se pregunta a los vecinos por qué recurren a estas soluciones, la respuesta suele ser una mezcla de resignación y justificación práctica: “era lo que había”, “salía barato”, “cumple su función”. Esa actitud, menos defensiva que en el pasado, puede interpretarse como un signo de que la percepción social del feísmo está cambiando y que existe una mayor sensibilidad hacia el cuidado del entorno.
El filósofo Antón Baamonde lo resume con claridad al afirmar que “la palabra feísmo confunde más de lo que aclara, porque parece remitir a una cuestión estética y no lo es; más bien es un fenómeno social”. Su reflexión invita a entender el feísmo no como un simple problema de gusto, sino como el resultado de procesos históricos, económicos y culturales que han moldeado la forma de habitar el territorio.
La Real Academia Española recoge el término feísmo como una tendencia artística que concede valor estético a lo feo. Sin embargo, en Galicia la palabra adquirió un significado propio a partir del año 2000, cuando comenzó a utilizarse para describir estas prácticas constructivas y paisajísticas. Con el tiempo, el concepto se asentó tanto en el lenguaje cotidiano como en el ámbito administrativo, hasta el punto de aparecer en documentos oficiales y normativas urbanísticas.
Uno de los puntos más polémicos es la proliferación de fachadas sin terminar. La Xunta de Galicia las reconoce como manifestaciones de feísmo y, con la entrada en vigor de la Ley del Suelo de Galicia en 2021, se establecieron sanciones de hasta 25.000 euros para quienes incumplan las obligaciones de remate y mantenimiento. Esta ley busca combatir las aberraciones urbanas y rurales, promover la integración paisajística, soterrar tendidos eléctricos, proteger espacios naturales, controlar especies invasoras y fomentar la reforestación con especies autóctonas. En definitiva, pretende corregir décadas de desorden y avanzar hacia un territorio más cuidado y coherente.
Frente a este panorama, han surgido iniciativas creativas para transformar algunos de los elementos más visibles del feísmo. Una de las más destacadas es la decoración de fachadas mediante murales. Lo que comenzó como grafitis clandestinos, realizados de forma espontánea, se ha convertido en un movimiento cultural que reivindica el arte urbano como herramienta de regeneración estética. Hoy, desde pequeños dibujos hasta enormes murales de varios pisos dan vida a paredes antes abandonadas, convirtiendo espacios degradados en puntos de interés cultural y turístico. Este fenómeno no solo embellece, sino que también invita a reflexionar sobre el uso del espacio público y sobre la capacidad del arte para dialogar con el entorno.
El objetivo final es fomentar una mirada más atenta hacia lo que nos rodea. Se trata de promover un urbanismo y una arquitectura que respeten el paisaje, que valoren la tradición y que eviten el “ti vai facendo, que xa o arranxaremos”, esa actitud tan arraigada que ha contribuido a perpetuar el feísmo. La responsabilidad es compartida: administraciones, profesionales y ciudadanía deben implicarse en la construcción de un territorio más armónico, sostenible y digno.
El feísmo, en definitiva, no es solo un conjunto de prácticas desafortunadas, sino un espejo de nuestra historia reciente. Comprenderlo nos permite entender cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, cómo podemos avanzar hacia un futuro en el que el paisaje sea un patrimonio a proteger y no un recurso a maltratar. Galicia, con su riqueza cultural y su fuerte vínculo con la tierra, tiene en este desafío una oportunidad para reivindicar su identidad y construir un entorno que refleje lo mejor de su carácter.














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