SALUD
Uno de cada cinco adolescentes podría desarrollar un trastorno alimentario
La detección temprana en entornos educativos, mediante la observación de cambios en los hábitos, se erige como la principal herramienta para prevenir la consolidación de estos trastornos.
La prevalencia de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) entre los jóvenes continúa en aumento, con estudios recientes que estiman que uno de cada cinco adolescentes podría desarrollar algún tipo de desorden alimenticio. La detección precoz se ha convertido en el elemento fundamental para abordar este problema de salud pública, ya que los primeros indicios suelen manifestarse alrededor de los 12 años, según alertan los especialistas.
Las cifras globales, publicadas en revistas científicas indexadas, indican una tasa de 357 casos por cada 100.000 jóvenes, que se eleva a 466 en el caso de las mujeres. En España, se calcula que unas 400.000 personas conviven con algún TCA, muchos de ellos sin un diagnóstico o tratamiento oportuno. La identificación de señales sutiles, como alteraciones en los hábitos alimentarios, evitación de comidas sociales o cambios bruscos de peso, es crucial para una intervención temprana y efectiva.
Ante este escenario, algunos centros educativos están implementando protocolos específicos de detección. Un ejemplo es el colegio Highlands Los Fresnos, que ha establecido un sistema automatizado de control de acceso al comedor que emplea reconocimiento facial exclusivamente para verificar la asistencia. La información, accesible únicamente para el equipo de orientación y enfermería, permite identificar patrones de ausencia reiterada y activar, de forma confidencial, mecanismos de acompañamiento y apoyo psicológico.
“Contar con información objetiva sobre la asistencia, siempre con todas las garantías de privacidad, nos permite acercarnos con calma, preguntar qué ocurre y ofrecer acompañamiento antes de que el problema se consolide”, explica Cristina García, coordinadora de Bienestar del centro. Esta herramienta tecnológica, diseñada con límites éticos estrictos, ilustra cómo el entorno escolar puede desempeñar un papel decisivo en la prevención, transformando la observación en una acción de cuidado proactiva.

La prevalencia de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) entre los jóvenes continúa en aumento, con estudios recientes que estiman que uno de cada cinco adolescentes podría desarrollar algún tipo de desorden alimenticio. La detección precoz se ha convertido en el elemento fundamental para abordar este problema de salud pública, ya que los primeros indicios suelen manifestarse alrededor de los 12 años, según alertan los especialistas.
Las cifras globales, publicadas en revistas científicas indexadas, indican una tasa de 357 casos por cada 100.000 jóvenes, que se eleva a 466 en el caso de las mujeres. En España, se calcula que unas 400.000 personas conviven con algún TCA, muchos de ellos sin un diagnóstico o tratamiento oportuno. La identificación de señales sutiles, como alteraciones en los hábitos alimentarios, evitación de comidas sociales o cambios bruscos de peso, es crucial para una intervención temprana y efectiva.
Ante este escenario, algunos centros educativos están implementando protocolos específicos de detección. Un ejemplo es el colegio Highlands Los Fresnos, que ha establecido un sistema automatizado de control de acceso al comedor que emplea reconocimiento facial exclusivamente para verificar la asistencia. La información, accesible únicamente para el equipo de orientación y enfermería, permite identificar patrones de ausencia reiterada y activar, de forma confidencial, mecanismos de acompañamiento y apoyo psicológico.
“Contar con información objetiva sobre la asistencia, siempre con todas las garantías de privacidad, nos permite acercarnos con calma, preguntar qué ocurre y ofrecer acompañamiento antes de que el problema se consolide”, explica Cristina García, coordinadora de Bienestar del centro. Esta herramienta tecnológica, diseñada con límites éticos estrictos, ilustra cómo el entorno escolar puede desempeñar un papel decisivo en la prevención, transformando la observación en una acción de cuidado proactiva.





























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