OPINIÓN
Inmigración: la asignatura pendiente que Galicia no puede seguir aplazando
Imagen de archivo
Galicia lleva décadas perdiendo habitantes. Lo sabemos, lo lamentamos, pero rara vez actuamos en consecuencia. Mientras tanto, la realidad avanza por delante de nuestros discursos: los residentes extranjeros ya superan el trece por ciento de la población y la comunidad necesitaría incorporar a miles de personas cada año para mantener el pulso económico y sostener el sistema de pensiones. La inmigración ha dejado de ser un asunto menor para convertirse en una cuestión de supervivencia colectiva.
Sin embargo, seguimos sin abordar el debate con la madurez que requiere. Nos movemos entre la contradicción de quienes aplauden la llegada de trabajadores para cubrir vacantes en la hostelería o el campo, pero callan cuando hay que hablar de integración, de vivienda, de recursos educativos o sanitarios. Aceptamos la mano de obra, pero nos incomoda la persona. Y esa hipocresía tiene un precio: barrios desestructurados, oportunidades perdidas y una sociedad que envejece sin relevo generacional.
El problema no es si vienen o no vienen. El problema es cómo los recibimos. Necesitamos un plan de acogida que no se limite a los papeles, que apueste por la formación, por el aprendizaje del idioma, por la convivencia en igualdad. Porque si no somos capaces de integrar a quienes llegan para quedarse, estaremos condenando a Galicia a un futuro de declive del que será muy difícil escapar. La pregunta ya no es si necesitamos inmigración. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer las cosas bien.
Imagen de archivoGalicia lleva décadas perdiendo habitantes. Lo sabemos, lo lamentamos, pero rara vez actuamos en consecuencia. Mientras tanto, la realidad avanza por delante de nuestros discursos: los residentes extranjeros ya superan el trece por ciento de la población y la comunidad necesitaría incorporar a miles de personas cada año para mantener el pulso económico y sostener el sistema de pensiones. La inmigración ha dejado de ser un asunto menor para convertirse en una cuestión de supervivencia colectiva.
Sin embargo, seguimos sin abordar el debate con la madurez que requiere. Nos movemos entre la contradicción de quienes aplauden la llegada de trabajadores para cubrir vacantes en la hostelería o el campo, pero callan cuando hay que hablar de integración, de vivienda, de recursos educativos o sanitarios. Aceptamos la mano de obra, pero nos incomoda la persona. Y esa hipocresía tiene un precio: barrios desestructurados, oportunidades perdidas y una sociedad que envejece sin relevo generacional.
El problema no es si vienen o no vienen. El problema es cómo los recibimos. Necesitamos un plan de acogida que no se limite a los papeles, que apueste por la formación, por el aprendizaje del idioma, por la convivencia en igualdad. Porque si no somos capaces de integrar a quienes llegan para quedarse, estaremos condenando a Galicia a un futuro de declive del que será muy difícil escapar. La pregunta ya no es si necesitamos inmigración. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer las cosas bien.


























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