Día Domingo, 22 de Febrero de 2026
Actualidad
Un viaje por la historia viva de Galicia: Los hórreos
Horreo de construcción en piedra | Jesús Carrera
El hórreo, es la construcción realizada por el hombre para almacenar, secar y conservar el grano
Hay construcciones que parecen hablar. No lo hacen con palabras, sino con la quietud de la piedra, con la madera que cruje cuando sopla el viento, con la sombra que proyectan sobre la tierra que las vio nacer. Entre todas ellas, pocas resultan tan enigmáticas, tan profundamente ligadas a la identidad de un pueblo, como los hórreos. Estas estructuras, que hoy contemplamos como piezas de museo al aire libre, fueron durante siglos el corazón palpitante de la vida rural. Y aunque su presencia es familiar para cualquiera que haya recorrido Galicia o el norte peninsular, su origen sigue envuelto en un halo de misterio que invita a detenerse, observar y preguntarse: ¿de dónde vienen realmente estos guardianes del pan?
Las teorías son diversas y, como ocurre con todo lo que pertenece a la memoria profunda de un territorio, ninguna es definitiva. Algunos estudiosos defienden que su origen es prerrománico, quizá heredado de antiguas culturas que ya comprendían la necesidad de proteger el grano de la humedad y de los animales. Otros sostienen que fueron los romanos quienes introdujeron este tipo de graneros elevados en la península, adaptando modelos que ya utilizaban en otras regiones del imperio. Lo cierto es que la primera representación gráfica de un hórreo aparece en el siglo XIII, en las célebres Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio. Allí, en miniaturas llenas de vida, ya se reconoce la silueta inconfundible de estas construcciones.
Sin embargo, su expansión masiva en Galicia no llegaría hasta mucho más tarde, aproximadamente en el siglo XVII, coincidiendo con la llegada del maíz desde América. Este nuevo cultivo transformó la economía rural y, con él, la arquitectura tradicional. El maíz necesitaba secarse, airearse, conservarse durante meses sin pudrirse. Y el hórreo, con su diseño ingenioso y su funcionalidad impecable, se convirtió en la respuesta perfecta. A medida que las cosechas crecían, también lo hacían los hórreos: más largos, más altos, más robustos. Cada familia construía el suyo según sus necesidades, y así, poco a poco, el paisaje gallego se llenó de estas estructuras que parecían flotar sobre la tierra.
Pero el hórreo no era solo un almacén. Era, en cierto modo, el santuario doméstico del alimento más sagrado: el pan. En él se guardaba la materia prima que aseguraba la supervivencia de la familia. El ser humano, que había pasado de depredador a agricultor miles de años atrás, encontraba en el hórreo el último eslabón de una cadena que comenzaba en la semilla y terminaba en la mesa. Allí reposaban las mazorcas, secándose lentamente gracias a las aberturas entre las tablas de madera, por donde circulaba el aire frío del invierno o el calor suave del verano. Esa ventilación constante era esencial para evitar la humedad y garantizar que el grano se conservara en perfecto estado.
La lucha contra los roedores, eternos enemigos del grano, dio lugar a uno de los elementos más fascinantes del hórreo: los tornarratos o ratoneras. Estas piezas, generalmente de piedra lisa y forma redonda u ovalada, se colocaban entre los soportes y la base del granero. Su superficie pulida impedía que los ratones pudieran trepar, pues no encontraban dónde clavar las uñas. Era un sistema tan simple como ingenioso, una muestra más de cómo la arquitectura tradicional sabía resolver problemas cotidianos con soluciones brillantes.
Y no solo los ratones eran un problema. También las hormigas podían arruinar una cosecha si lograban acceder al interior. Para evitarlo, algunos hórreos contaban con una pequeña fosa alrededor de los pies, llena de agua, el tornaformigas. Una especie de foso defensivo en miniatura que convertía al hórreo en una fortaleza inexpugnable para cualquier insecto.
![[Img #102065]](https://xornal21.com/upload/images/02_2026/2223_horreo.jpg)
La variedad de hórreos es tan amplia que resulta difícil clasificarlos. Los hay rectangulares, que son los más comunes, pero también existen de planta cuadrada o incluso circular. La mayoría tienen tejado a dos aguas, aunque algunos muestran cubiertas a cuatro. Los materiales varían según la zona, en algunos lugares predomina la piedra, en otros la madera, y en muchos casos se combinan ambos. Cada región, cada aldea, cada familia aportó su propio estilo, su propia interpretación de esta construcción ancestral.
Las partes que componen un hórreo forman un pequeño universo arquitectónico lleno de nombres evocadores. Los soportes —pies, cepas o celeiros— elevan el granero del suelo, permitiendo la circulación del aire y dificultando el acceso de animales. Los dinteles sostienen el peso de la cámara, mientras que los claros dividen su interior en espacios destinados a diferentes usos. Los penales y pinches conforman los extremos del granero, coronados por la cubierta, que puede ser de paja, pizarra, losas de piedra o teja. Sobre el pinche se colocan las sobrepenas, piezas de piedra que rematan la estructura y que, en muchos casos, sirven de base para los adornos.
Y aquí llegamos a uno de los aspectos más cautivadores del hórreo: su decoración. Aunque su función era eminentemente práctica, muchos hórreos exhiben cruces, espigas o figuras conocidas popularmente como turulecos. Estos adornos no solo embellecen la construcción, sino que también tienen un significado simbólico, protector, casi ritual. Son la firma de quienes los levantaron, un gesto de orgullo y de identidad que ha sobrevivido al paso de los siglos.
Mirar un hórreo es mirar una historia de ingenio, de adaptación y de respeto por la tierra. Es contemplar la huella de generaciones que vivieron en estrecha relación con el campo y que supieron crear soluciones duraderas, hermosas y profundamente funcionales. Hoy, cuando muchos de ellos ya no cumplen su función original, siguen siendo testigos silenciosos de un modo de vida que se desvanece, pero que aún late en la memoria colectiva.
Quizá por eso nos atraen tanto. Porque no son solo construcciones, son símbolos. Son la prueba de que la arquitectura puede ser humilde y, al mismo tiempo, extraordinaria. Que la belleza puede surgir de la necesidad. Que la tradición no es un lastre, sino un puente hacia quienes fuimos y hacia quienes todavía podemos ser.
Con el paso del tiempo, los hórreos dejaron de ser únicamente graneros. Se convirtieron en un símbolo de identidad, en un elemento que define el paisaje cultural gallego. No hay pueblo sin su hórreo, no hay memoria rural sin su presencia. Incluso en las casas donde ya no se utiliza, se conserva como un tesoro familiar, como un puente entre el pasado y el presente. Hoy, en pleno siglo XXI, siguen ahí. Algunos restaurados con mimo, otros resistiendo como pueden, pero todos recordándonos que la modernidad no tiene por qué borrar la memoria. Que la tradición no es un lastre, sino un legado.
Los hórreos, con su presencia serena y su misterio intacto, nos invitan a detenernos un momento y escuchar. Tal vez, si prestamos atención, descubramos que aún tienen mucho que contarnos.
Horreo de construcción en piedra | Jesús CarreraHay construcciones que parecen hablar. No lo hacen con palabras, sino con la quietud de la piedra, con la madera que cruje cuando sopla el viento, con la sombra que proyectan sobre la tierra que las vio nacer. Entre todas ellas, pocas resultan tan enigmáticas, tan profundamente ligadas a la identidad de un pueblo, como los hórreos. Estas estructuras, que hoy contemplamos como piezas de museo al aire libre, fueron durante siglos el corazón palpitante de la vida rural. Y aunque su presencia es familiar para cualquiera que haya recorrido Galicia o el norte peninsular, su origen sigue envuelto en un halo de misterio que invita a detenerse, observar y preguntarse: ¿de dónde vienen realmente estos guardianes del pan?
Las teorías son diversas y, como ocurre con todo lo que pertenece a la memoria profunda de un territorio, ninguna es definitiva. Algunos estudiosos defienden que su origen es prerrománico, quizá heredado de antiguas culturas que ya comprendían la necesidad de proteger el grano de la humedad y de los animales. Otros sostienen que fueron los romanos quienes introdujeron este tipo de graneros elevados en la península, adaptando modelos que ya utilizaban en otras regiones del imperio. Lo cierto es que la primera representación gráfica de un hórreo aparece en el siglo XIII, en las célebres Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio. Allí, en miniaturas llenas de vida, ya se reconoce la silueta inconfundible de estas construcciones.
Sin embargo, su expansión masiva en Galicia no llegaría hasta mucho más tarde, aproximadamente en el siglo XVII, coincidiendo con la llegada del maíz desde América. Este nuevo cultivo transformó la economía rural y, con él, la arquitectura tradicional. El maíz necesitaba secarse, airearse, conservarse durante meses sin pudrirse. Y el hórreo, con su diseño ingenioso y su funcionalidad impecable, se convirtió en la respuesta perfecta. A medida que las cosechas crecían, también lo hacían los hórreos: más largos, más altos, más robustos. Cada familia construía el suyo según sus necesidades, y así, poco a poco, el paisaje gallego se llenó de estas estructuras que parecían flotar sobre la tierra.
Pero el hórreo no era solo un almacén. Era, en cierto modo, el santuario doméstico del alimento más sagrado: el pan. En él se guardaba la materia prima que aseguraba la supervivencia de la familia. El ser humano, que había pasado de depredador a agricultor miles de años atrás, encontraba en el hórreo el último eslabón de una cadena que comenzaba en la semilla y terminaba en la mesa. Allí reposaban las mazorcas, secándose lentamente gracias a las aberturas entre las tablas de madera, por donde circulaba el aire frío del invierno o el calor suave del verano. Esa ventilación constante era esencial para evitar la humedad y garantizar que el grano se conservara en perfecto estado.
La lucha contra los roedores, eternos enemigos del grano, dio lugar a uno de los elementos más fascinantes del hórreo: los tornarratos o ratoneras. Estas piezas, generalmente de piedra lisa y forma redonda u ovalada, se colocaban entre los soportes y la base del granero. Su superficie pulida impedía que los ratones pudieran trepar, pues no encontraban dónde clavar las uñas. Era un sistema tan simple como ingenioso, una muestra más de cómo la arquitectura tradicional sabía resolver problemas cotidianos con soluciones brillantes.
Y no solo los ratones eran un problema. También las hormigas podían arruinar una cosecha si lograban acceder al interior. Para evitarlo, algunos hórreos contaban con una pequeña fosa alrededor de los pies, llena de agua, el tornaformigas. Una especie de foso defensivo en miniatura que convertía al hórreo en una fortaleza inexpugnable para cualquier insecto.
![[Img #102065]](https://xornal21.com/upload/images/02_2026/2223_horreo.jpg)
La variedad de hórreos es tan amplia que resulta difícil clasificarlos. Los hay rectangulares, que son los más comunes, pero también existen de planta cuadrada o incluso circular. La mayoría tienen tejado a dos aguas, aunque algunos muestran cubiertas a cuatro. Los materiales varían según la zona, en algunos lugares predomina la piedra, en otros la madera, y en muchos casos se combinan ambos. Cada región, cada aldea, cada familia aportó su propio estilo, su propia interpretación de esta construcción ancestral.
Las partes que componen un hórreo forman un pequeño universo arquitectónico lleno de nombres evocadores. Los soportes —pies, cepas o celeiros— elevan el granero del suelo, permitiendo la circulación del aire y dificultando el acceso de animales. Los dinteles sostienen el peso de la cámara, mientras que los claros dividen su interior en espacios destinados a diferentes usos. Los penales y pinches conforman los extremos del granero, coronados por la cubierta, que puede ser de paja, pizarra, losas de piedra o teja. Sobre el pinche se colocan las sobrepenas, piezas de piedra que rematan la estructura y que, en muchos casos, sirven de base para los adornos.
Y aquí llegamos a uno de los aspectos más cautivadores del hórreo: su decoración. Aunque su función era eminentemente práctica, muchos hórreos exhiben cruces, espigas o figuras conocidas popularmente como turulecos. Estos adornos no solo embellecen la construcción, sino que también tienen un significado simbólico, protector, casi ritual. Son la firma de quienes los levantaron, un gesto de orgullo y de identidad que ha sobrevivido al paso de los siglos.
Mirar un hórreo es mirar una historia de ingenio, de adaptación y de respeto por la tierra. Es contemplar la huella de generaciones que vivieron en estrecha relación con el campo y que supieron crear soluciones duraderas, hermosas y profundamente funcionales. Hoy, cuando muchos de ellos ya no cumplen su función original, siguen siendo testigos silenciosos de un modo de vida que se desvanece, pero que aún late en la memoria colectiva.
Quizá por eso nos atraen tanto. Porque no son solo construcciones, son símbolos. Son la prueba de que la arquitectura puede ser humilde y, al mismo tiempo, extraordinaria. Que la belleza puede surgir de la necesidad. Que la tradición no es un lastre, sino un puente hacia quienes fuimos y hacia quienes todavía podemos ser.
Con el paso del tiempo, los hórreos dejaron de ser únicamente graneros. Se convirtieron en un símbolo de identidad, en un elemento que define el paisaje cultural gallego. No hay pueblo sin su hórreo, no hay memoria rural sin su presencia. Incluso en las casas donde ya no se utiliza, se conserva como un tesoro familiar, como un puente entre el pasado y el presente. Hoy, en pleno siglo XXI, siguen ahí. Algunos restaurados con mimo, otros resistiendo como pueden, pero todos recordándonos que la modernidad no tiene por qué borrar la memoria. Que la tradición no es un lastre, sino un legado.
Los hórreos, con su presencia serena y su misterio intacto, nos invitan a detenernos un momento y escuchar. Tal vez, si prestamos atención, descubramos que aún tienen mucho que contarnos.














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