Día Lunes, 02 de Marzo de 2026
ACTUALIDAD
La 'generación desconectada' pone límites al 'always on' para proteger su salud mental
Un informe de Plan International revela que la saturación digital y la presión estética llevan a muchos jóvenes a replantearse su relación con el entorno virtual, mientras los expertos alertan del impacto en la salud mental
Las redes sociales siguen siendo un espacio central de socialización y expresión para los adolescentes, pero cada vez son más los jóvenes que reconocen que la conexión constante no siempre les hace sentir mejor. La saturación digital, la dificultad para concentrarse, el cansancio acumulado o la presión estética asociada a la exposición permanente están llevando a muchos a replantearse su relación con el entorno digital.
La adolescencia es una etapa especialmente sensible desde el punto de vista neurobiológico. Durante estos años se consolidan funciones ejecutivas como la atención sostenida, la regulación emocional y el control de impulsos. Un entorno basado en la recompensa inmediata y la validación constante puede intensificar la dependencia de estímulos externos y aumentar la vulnerabilidad emocional.
Esta percepción ya aparece en la propia experiencia de los jóvenes. El informe "Así somos, el estado de la adolescencia en España" , elaborado por Plan International, revela que el 36% de las chicas y el 27% de los chicos admite que pasa más tiempo en redes del que le gustaría. La cifra alcanza el 51% entre jóvenes de 17 a 21 años, quienes relacionan ese uso excesivo con malestar emocional y dificultades de concentración.
El problema radica en que cuando el cerebro se habitúa a la gratificación instantánea de notificaciones y reacciones, la ausencia de respuesta puede generar ansiedad, irritabilidad o sensación de vacío, como si el silencio digital se interpretara como rechazo. La comparación constante con cuerpos, estilos de vida o logros aparentemente perfectos puede erosionar la autoestima e influir en la relación con la imagen corporal y la alimentación.
A esta dinámica se suma la necesidad de estar permanentemente disponible, que puede generar una fatiga emocional difícil de identificar pero muy presente en el día a día. El uso nocturno prolongado de dispositivos, junto con la exposición continuada a luz azul, puede alterar el descanso y repercutir directamente en el estado de ánimo, la capacidad de concentración y la regulación emocional.
"La adolescencia es una fase en la que el cerebro todavía está consolidando los circuitos responsables de la regulación emocional y del control de impulsos", explica Elena Luengo, directora de Innovación de Cigna Healthcare España. "Cuando la identidad se construye en un entorno donde la aprobación es cuantificable y visible, el riesgo no es solo la distracción, sino una mayor vulnerabilidad a la ansiedad y a la comparación social. Que los propios adolescentes empiecen a introducir límites no es una moda, sino un indicador de conciencia sobre su salud mental", subraya.
Las consecuencias de esta hiperconectividad pueden extenderse más allá de la juventud. El Cigna Healthcare International Health Study indica que el 49% de los españoles no siente que pertenezca a su comunidad y que uno de cada tres se percibe socialmente excluido. Un escenario que refleja la fragilidad de los vínculos en la era digital y que invita a reflexionar sobre cómo determinados hábitos de conexión pueden influir, a medio y largo plazo, en la manera en que se construyen las relaciones y el sentido de pertenencia.
En este contexto, los expertos de Cigna Healthcare señalan que introducir límites deliberados en la exposición digital puede convertirse en una herramienta preventiva para proteger la salud emocional y mental en la adolescencia. Reducir la exposición permanente del perfil, limitar la audiencia digital, priorizar contenidos efímeros, establecer pausas digitales periódicas y disminuir la exposición de la imagen personal son algunas de las recomendaciones para disminuir la presión estética y la comparación constante.
La "generación desconectada" comienza así a trazar sus propias reglas, demostrando que el autocuidado digital no es una renuncia, sino una forma de recuperar el control sobre la propia salud mental en un mundo hiperconectado.

Las redes sociales siguen siendo un espacio central de socialización y expresión para los adolescentes, pero cada vez son más los jóvenes que reconocen que la conexión constante no siempre les hace sentir mejor. La saturación digital, la dificultad para concentrarse, el cansancio acumulado o la presión estética asociada a la exposición permanente están llevando a muchos a replantearse su relación con el entorno digital.
La adolescencia es una etapa especialmente sensible desde el punto de vista neurobiológico. Durante estos años se consolidan funciones ejecutivas como la atención sostenida, la regulación emocional y el control de impulsos. Un entorno basado en la recompensa inmediata y la validación constante puede intensificar la dependencia de estímulos externos y aumentar la vulnerabilidad emocional.
Esta percepción ya aparece en la propia experiencia de los jóvenes. El informe "Así somos, el estado de la adolescencia en España" , elaborado por Plan International, revela que el 36% de las chicas y el 27% de los chicos admite que pasa más tiempo en redes del que le gustaría. La cifra alcanza el 51% entre jóvenes de 17 a 21 años, quienes relacionan ese uso excesivo con malestar emocional y dificultades de concentración.
El problema radica en que cuando el cerebro se habitúa a la gratificación instantánea de notificaciones y reacciones, la ausencia de respuesta puede generar ansiedad, irritabilidad o sensación de vacío, como si el silencio digital se interpretara como rechazo. La comparación constante con cuerpos, estilos de vida o logros aparentemente perfectos puede erosionar la autoestima e influir en la relación con la imagen corporal y la alimentación.
A esta dinámica se suma la necesidad de estar permanentemente disponible, que puede generar una fatiga emocional difícil de identificar pero muy presente en el día a día. El uso nocturno prolongado de dispositivos, junto con la exposición continuada a luz azul, puede alterar el descanso y repercutir directamente en el estado de ánimo, la capacidad de concentración y la regulación emocional.
"La adolescencia es una fase en la que el cerebro todavía está consolidando los circuitos responsables de la regulación emocional y del control de impulsos", explica Elena Luengo, directora de Innovación de Cigna Healthcare España. "Cuando la identidad se construye en un entorno donde la aprobación es cuantificable y visible, el riesgo no es solo la distracción, sino una mayor vulnerabilidad a la ansiedad y a la comparación social. Que los propios adolescentes empiecen a introducir límites no es una moda, sino un indicador de conciencia sobre su salud mental", subraya.
Las consecuencias de esta hiperconectividad pueden extenderse más allá de la juventud. El Cigna Healthcare International Health Study indica que el 49% de los españoles no siente que pertenezca a su comunidad y que uno de cada tres se percibe socialmente excluido. Un escenario que refleja la fragilidad de los vínculos en la era digital y que invita a reflexionar sobre cómo determinados hábitos de conexión pueden influir, a medio y largo plazo, en la manera en que se construyen las relaciones y el sentido de pertenencia.
En este contexto, los expertos de Cigna Healthcare señalan que introducir límites deliberados en la exposición digital puede convertirse en una herramienta preventiva para proteger la salud emocional y mental en la adolescencia. Reducir la exposición permanente del perfil, limitar la audiencia digital, priorizar contenidos efímeros, establecer pausas digitales periódicas y disminuir la exposición de la imagen personal son algunas de las recomendaciones para disminuir la presión estética y la comparación constante.
La "generación desconectada" comienza así a trazar sus propias reglas, demostrando que el autocuidado digital no es una renuncia, sino una forma de recuperar el control sobre la propia salud mental en un mundo hiperconectado.















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