SALUD
Dormir y comer bien, un lujo frente al “síndrome de la vida ocupada”
La hiperactividad mental constante y la dificultad para desconectar alteran el metabolismo, el sueño y la respuesta inmunitaria, según advierten expertos de Cigna Healthcare
La prisa ha dejado de ser una excepción para convertirse en la norma. Madrugar para aprovechar cada minuto, encadenar tareas sin pausa y priorizar la productividad a cualquier precio conforman la rutina diaria de millones de personas. Sin embargo, esta sobreexigencia no solo condiciona la organización del tiempo, sino que impacta directamente en la salud física y mental. Los expertos lo han bautizado como el “síndrome de la vida ocupada”: un estado de hiperactividad cognitiva en el que la mente permanece en alerta continua y presenta serias dificultades para desconectar, incluso durante el descanso.
Según datos de Cigna Healthcare, menos del 50% de los empleados españoles prepara sus comidas con antelación y únicamente el 35% de los españoles afirma mantener una dieta equilibrada. A ello se suma que la Sociedad Española de Neurología advierte de que el 56% de los adultos duerme menos de lo recomendado. La percepción generalizada de falta de tiempo normaliza hábitos como comer deprisa, hacerlo frente al ordenador o recurrir a productos ultraprocesados, lo que dificulta que el cerebro registre adecuadamente la sensación de saciedad y puede favorecer la sobreingesta.
“En la sociedad de hoy, somos muchos los que con frecuencia experimentamos este estado de hiperactividad mental. Tanto la necesidad de ser productivos como el cúmulo de tareas trae como consecuencia un estado de alerta continuo en nuestro organismo”, explica la Dra. Daniela Silva, especialista en Medicina Interna y E Health Medical Manager de Cigna Healthcare España. La experta señala que el multitasking genera más ansiedad y produce una activación sostenida del sistema nervioso, aumentando neurotransmisores excitatorios como las norepinefrinas y el cortisol, lo que limita la capacidad de recuperación del organismo.
Esa hiperactivación sostenida altera procesos fisiológicos esenciales. Por un lado, afecta al metabolismo: la liberación continuada de cortisol y adrenalina modifica la forma en que el cuerpo procesa los nutrientes, favoreciendo desequilibrios en el azúcar y las grasas corporales. Por otro lado, la digestión se resiente porque el sistema nervioso activa un modo de “prioridad cerebral” que reduce la producción de enzimas, dificulta la absorción de nutrientes y puede desencadenar síntomas de intestino irritable, con digestiones pesadas, hinchazón o alternancia entre estreñimiento y diarrea.
El sueño también se ve gravemente afectado. La sobrecarga cognitiva mantiene al cerebro en alerta incluso al acostarse, reduciendo los ciclos de sueño profundo y REM. El resultado es un descanso insuficiente que altera la regulación hormonal, la recuperación muscular y genera sensación de cansancio constante. A ello se suma la tensión cardiovascular y muscular: el estado de hiperactivación aumenta la frecuencia cardíaca y provoca contracturas continuas, desgastando el organismo y favoreciendo el agotamiento.
Finalmente, la combinación de activación mental constante, sueño insuficiente y alimentación acelerada debilita la respuesta inmunitaria. Esto se traduce en una mayor susceptibilidad a infecciones, inflamación y fatiga persistente. “A medio y largo plazo, la combinación de esta hiperactivación y unos hábitos acelerados puede aumentar el riesgo de problemas cardiovasculares, trastornos digestivos, fatiga persistente o ansiedad. No es solo una cuestión de hábitos, sino de entender cómo estos afectan a nuestro cuerpo y condicionan directamente la salud”, concluye la doctora Silva.

La prisa ha dejado de ser una excepción para convertirse en la norma. Madrugar para aprovechar cada minuto, encadenar tareas sin pausa y priorizar la productividad a cualquier precio conforman la rutina diaria de millones de personas. Sin embargo, esta sobreexigencia no solo condiciona la organización del tiempo, sino que impacta directamente en la salud física y mental. Los expertos lo han bautizado como el “síndrome de la vida ocupada”: un estado de hiperactividad cognitiva en el que la mente permanece en alerta continua y presenta serias dificultades para desconectar, incluso durante el descanso.
Según datos de Cigna Healthcare, menos del 50% de los empleados españoles prepara sus comidas con antelación y únicamente el 35% de los españoles afirma mantener una dieta equilibrada. A ello se suma que la Sociedad Española de Neurología advierte de que el 56% de los adultos duerme menos de lo recomendado. La percepción generalizada de falta de tiempo normaliza hábitos como comer deprisa, hacerlo frente al ordenador o recurrir a productos ultraprocesados, lo que dificulta que el cerebro registre adecuadamente la sensación de saciedad y puede favorecer la sobreingesta.
“En la sociedad de hoy, somos muchos los que con frecuencia experimentamos este estado de hiperactividad mental. Tanto la necesidad de ser productivos como el cúmulo de tareas trae como consecuencia un estado de alerta continuo en nuestro organismo”, explica la Dra. Daniela Silva, especialista en Medicina Interna y E Health Medical Manager de Cigna Healthcare España. La experta señala que el multitasking genera más ansiedad y produce una activación sostenida del sistema nervioso, aumentando neurotransmisores excitatorios como las norepinefrinas y el cortisol, lo que limita la capacidad de recuperación del organismo.
Esa hiperactivación sostenida altera procesos fisiológicos esenciales. Por un lado, afecta al metabolismo: la liberación continuada de cortisol y adrenalina modifica la forma en que el cuerpo procesa los nutrientes, favoreciendo desequilibrios en el azúcar y las grasas corporales. Por otro lado, la digestión se resiente porque el sistema nervioso activa un modo de “prioridad cerebral” que reduce la producción de enzimas, dificulta la absorción de nutrientes y puede desencadenar síntomas de intestino irritable, con digestiones pesadas, hinchazón o alternancia entre estreñimiento y diarrea.
El sueño también se ve gravemente afectado. La sobrecarga cognitiva mantiene al cerebro en alerta incluso al acostarse, reduciendo los ciclos de sueño profundo y REM. El resultado es un descanso insuficiente que altera la regulación hormonal, la recuperación muscular y genera sensación de cansancio constante. A ello se suma la tensión cardiovascular y muscular: el estado de hiperactivación aumenta la frecuencia cardíaca y provoca contracturas continuas, desgastando el organismo y favoreciendo el agotamiento.
Finalmente, la combinación de activación mental constante, sueño insuficiente y alimentación acelerada debilita la respuesta inmunitaria. Esto se traduce en una mayor susceptibilidad a infecciones, inflamación y fatiga persistente. “A medio y largo plazo, la combinación de esta hiperactivación y unos hábitos acelerados puede aumentar el riesgo de problemas cardiovasculares, trastornos digestivos, fatiga persistente o ansiedad. No es solo una cuestión de hábitos, sino de entender cómo estos afectan a nuestro cuerpo y condicionan directamente la salud”, concluye la doctora Silva.





























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