Opinión
Que no cunda el pánico, pero ha vuelto a salir Fernando Simón
Hay momentos en los que la realidad supera la ficción. Y uno de esos momentos es, sin duda, ver cómo el nombre de Fernando Simón vuelve a colarse en las conversaciones de los españoles. No por méritos propios, sino por esa extraña habilidad que tiene para generar inquietud allí donde debería reinar la tranquilidad.
Resulta que estamos con el lío del hantavirus. Un barco procedente de Sudáfrica, con varios infectados y algún fallecido, se dirige a Canarias después de que el Gobierno y la Organización Mundial de la Salud hayan alcanzado un acuerdo. Supuestamente, no hay riesgo de transmisión entre personas. Mónica García, nuestra ministra de Sanidad, intenta convencernos de que todo está bajo control. Y la gente, en su mayoría, está tranquila. O al menos lo estaba.
Porque entonces aparece él. Fernando Simón. Y de repente, esa calma se convierte en un runrún incómodo. ¿Por qué? Porque quien ha vivido la pandemia de COVID-19 en este país no puede escuchar su nombre sin que se le erice el vello.
No es odio, ojo. Es memoria. Memoria de aquel señor que un día decía que no pasaba nada y al siguiente reconocía que sí pasaba. Que minimizaba el riesgo cuando los hospitales ya estaban desbordados. Que aseguraba que el virus no se transmitía en determinados contextos cuando las evidencias decían todo lo contrario.
Y ahora, después de todo, Simón sale en una entrevista con Jordi Évole en febrero de 2025 y suelta que fue testigo de "mentiras flagrantes" durante la gestión de la pandemia. Habla del "barro sucio" de la política. Y uno se queda pensando: ¿y tú qué papel jugaste en todo eso, Fernando? Porque estar en la sala donde se toman las decisiones y no decir nada en su momento, o peor aún, repetir esas mentiras ante las cámaras, también tiene un nombre.
Lo peor de todo es la excusa que ahora suelta Moncloa. Que si no sabían que iba a hablar en Cataluña Radio. Que si lo hubieran sabido, la Secretaría de Estado de Comunicación habría cancelado la entrevista. Pero claro, resulta que lo tenía apalabrado desde hacía tiempo y nadie se enteró. ¿En serio? ¿Esa es la versión oficial?
A uno le da la sensación de que estamos ante el mismo patrón de siempre: descoordinación, mensajes cruzados, y un portavoz técnico que en lugar de aportar tranquilidad, siembra dudas. Porque da igual que esta vez el hantavirus no sea tan peligroso. Da igual que no se transmita fácilmente entre personas. El problema no es el virus. El problema es que la persona elegida para dar la cara tiene un historial que invita a todo menos a la confianza.
Y mira que recuerdo lo de dos misioneros que fueron repatriados durante la crisis del ébola. Dos hombres que fallecieron a pesar de los esfuerzos. No es lo mismo, claro. Pero lo que sí es igual es esa sensación de que, cuando hay una crisis sanitaria, España siempre termina tropezando con la misma piedra: la comunicación deficiente y las declaraciones que generan más preguntas que respuestas.
Así que, con todo el respeto del mundo hacia el señor Simón como técnico, yo me pregunto: ¿de verdad no hay nadie mejor para dar la cara? ¿Nadie que no lleve a cuestas el peso de una pandemia mal gestionada y peor explicada?
Mientras tanto, el barco sigue su rumbo hacia Canarias. Llegará en tres o cuatro días. Y esperemos que todo salga bien. Pero permítanme que no esté del todo tranquilo. Porque cuando aparece Fernando Simón, la experiencia me dice que algo no va del todo bien.

Hay momentos en los que la realidad supera la ficción. Y uno de esos momentos es, sin duda, ver cómo el nombre de Fernando Simón vuelve a colarse en las conversaciones de los españoles. No por méritos propios, sino por esa extraña habilidad que tiene para generar inquietud allí donde debería reinar la tranquilidad.
Resulta que estamos con el lío del hantavirus. Un barco procedente de Sudáfrica, con varios infectados y algún fallecido, se dirige a Canarias después de que el Gobierno y la Organización Mundial de la Salud hayan alcanzado un acuerdo. Supuestamente, no hay riesgo de transmisión entre personas. Mónica García, nuestra ministra de Sanidad, intenta convencernos de que todo está bajo control. Y la gente, en su mayoría, está tranquila. O al menos lo estaba.
Porque entonces aparece él. Fernando Simón. Y de repente, esa calma se convierte en un runrún incómodo. ¿Por qué? Porque quien ha vivido la pandemia de COVID-19 en este país no puede escuchar su nombre sin que se le erice el vello.
No es odio, ojo. Es memoria. Memoria de aquel señor que un día decía que no pasaba nada y al siguiente reconocía que sí pasaba. Que minimizaba el riesgo cuando los hospitales ya estaban desbordados. Que aseguraba que el virus no se transmitía en determinados contextos cuando las evidencias decían todo lo contrario.
Y ahora, después de todo, Simón sale en una entrevista con Jordi Évole en febrero de 2025 y suelta que fue testigo de "mentiras flagrantes" durante la gestión de la pandemia. Habla del "barro sucio" de la política. Y uno se queda pensando: ¿y tú qué papel jugaste en todo eso, Fernando? Porque estar en la sala donde se toman las decisiones y no decir nada en su momento, o peor aún, repetir esas mentiras ante las cámaras, también tiene un nombre.
Lo peor de todo es la excusa que ahora suelta Moncloa. Que si no sabían que iba a hablar en Cataluña Radio. Que si lo hubieran sabido, la Secretaría de Estado de Comunicación habría cancelado la entrevista. Pero claro, resulta que lo tenía apalabrado desde hacía tiempo y nadie se enteró. ¿En serio? ¿Esa es la versión oficial?
A uno le da la sensación de que estamos ante el mismo patrón de siempre: descoordinación, mensajes cruzados, y un portavoz técnico que en lugar de aportar tranquilidad, siembra dudas. Porque da igual que esta vez el hantavirus no sea tan peligroso. Da igual que no se transmita fácilmente entre personas. El problema no es el virus. El problema es que la persona elegida para dar la cara tiene un historial que invita a todo menos a la confianza.
Y mira que recuerdo lo de dos misioneros que fueron repatriados durante la crisis del ébola. Dos hombres que fallecieron a pesar de los esfuerzos. No es lo mismo, claro. Pero lo que sí es igual es esa sensación de que, cuando hay una crisis sanitaria, España siempre termina tropezando con la misma piedra: la comunicación deficiente y las declaraciones que generan más preguntas que respuestas.
Así que, con todo el respeto del mundo hacia el señor Simón como técnico, yo me pregunto: ¿de verdad no hay nadie mejor para dar la cara? ¿Nadie que no lleve a cuestas el peso de una pandemia mal gestionada y peor explicada?
Mientras tanto, el barco sigue su rumbo hacia Canarias. Llegará en tres o cuatro días. Y esperemos que todo salga bien. Pero permítanme que no esté del todo tranquilo. Porque cuando aparece Fernando Simón, la experiencia me dice que algo no va del todo bien.


























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