Opinión
Cuando la estética pesa más que el sentido común
Poco a poco, casi sin darnos cuenta, las prohibiciones han ido ocupando el espacio que antes pertenecía al sentido común. Zonas de bajas emisiones, vetos al tabaco en terrazas y playas, restricciones que se multiplican como si la vida urbana fuese un laboratorio donde experimentar con la paciencia del ciudadano. Y, como siempre, habrá defensores y detractores. Pero hay un fenómeno que se ha instalado con una naturalidad inquietante, el feísmo, convertido ahora en bandera de departamentos de urbanismo y en argumento para intervenir incluso en la intimidad estética de las viviendas unifamiliares.
Todo está recogido en ordenanzas que, aunque antiguas, se desempolvan cuando conviene. La de limpieza pública y residuos urbanos, publicada en 1994 y modificada en 2008, o el reciente PXOM de 2025, que dedica varios apartados a la ornamentación y la estética urbana, han decidido que la vida cotidiana es un problema a corregir. Sobre el papel, suena razonable. En la práctica, empieza a rozar lo absurdo.
Porque ahora lo que preocupa, y lo que indigna, es que tender la ropa en un balcón, un gesto cotidiano, universal, humilde, pueda costar hasta 750 euros de sanción. A eso se suman otras prácticas tan comunes como revolver la basura, vaciar los cubos tras fregar las escaleras, tener macetas en los balcones o sacudir una alfombra. Acciones que forman parte del día a día de cualquier familia, de cualquier edificio, de cualquier barrio.
Basta caminar por cualquier calle de la ciudad, por cualquier zona del extrarradio, vemos ropa tendida, tendales vacíos, macetas que dan vida a fachadas grises. Nadie se queja. Nadie se siente agredido por ello. Las autoridades no sancionan… hasta que alguien denuncia. Entonces se abre un expediente, se comprueba la existencia del tendal y se ordena retirarlo. La norma, que parecía dormida, despierta de golpe.
El intervencionismo no se queda ahí. También se vigila el color de las fachadas, la obligación de enlucir el ladrillo, la prohibición de toldos fijos o de materiales rígidos, incluso los desagües que vierten aguas limpias a la calle. Todo en nombre de una estética urbana que, paradójicamente, convive con aceras rotas, solares abandonados, edificios en ruinas y barrios enteros sin mantenimiento.
Porque mientras se persigue un tendal, hay familias sin vivienda digna. Mientras se multa una maceta, hay calles sin iluminación. Mientras se discute el color de una fachada, hay barrios que llevan décadas esperando inversiones básicas. La ciudad no mejora cuando se uniformiza. No se vuelve más habitable cuando se castiga lo cotidiano. No se hace más humana cuando se legisla contra la vida real de quienes la habitan.
Una ciudad no es un decorado, es un lugar donde la gente vive. Y vivir implica tender la ropa, regar una planta, abrir un toldo, sacudir una alfombra. Implica imperfecciones, colores, gestos pequeños que no afean nada, al contrario, demuestran que la ciudad está viva.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿De verdad es necesario actuar con tanto celo en estas minucias cuando existen necesidades mucho más urgentes?

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, las prohibiciones han ido ocupando el espacio que antes pertenecía al sentido común. Zonas de bajas emisiones, vetos al tabaco en terrazas y playas, restricciones que se multiplican como si la vida urbana fuese un laboratorio donde experimentar con la paciencia del ciudadano. Y, como siempre, habrá defensores y detractores. Pero hay un fenómeno que se ha instalado con una naturalidad inquietante, el feísmo, convertido ahora en bandera de departamentos de urbanismo y en argumento para intervenir incluso en la intimidad estética de las viviendas unifamiliares.
Todo está recogido en ordenanzas que, aunque antiguas, se desempolvan cuando conviene. La de limpieza pública y residuos urbanos, publicada en 1994 y modificada en 2008, o el reciente PXOM de 2025, que dedica varios apartados a la ornamentación y la estética urbana, han decidido que la vida cotidiana es un problema a corregir. Sobre el papel, suena razonable. En la práctica, empieza a rozar lo absurdo.
Porque ahora lo que preocupa, y lo que indigna, es que tender la ropa en un balcón, un gesto cotidiano, universal, humilde, pueda costar hasta 750 euros de sanción. A eso se suman otras prácticas tan comunes como revolver la basura, vaciar los cubos tras fregar las escaleras, tener macetas en los balcones o sacudir una alfombra. Acciones que forman parte del día a día de cualquier familia, de cualquier edificio, de cualquier barrio.
Basta caminar por cualquier calle de la ciudad, por cualquier zona del extrarradio, vemos ropa tendida, tendales vacíos, macetas que dan vida a fachadas grises. Nadie se queja. Nadie se siente agredido por ello. Las autoridades no sancionan… hasta que alguien denuncia. Entonces se abre un expediente, se comprueba la existencia del tendal y se ordena retirarlo. La norma, que parecía dormida, despierta de golpe.
El intervencionismo no se queda ahí. También se vigila el color de las fachadas, la obligación de enlucir el ladrillo, la prohibición de toldos fijos o de materiales rígidos, incluso los desagües que vierten aguas limpias a la calle. Todo en nombre de una estética urbana que, paradójicamente, convive con aceras rotas, solares abandonados, edificios en ruinas y barrios enteros sin mantenimiento.
Porque mientras se persigue un tendal, hay familias sin vivienda digna. Mientras se multa una maceta, hay calles sin iluminación. Mientras se discute el color de una fachada, hay barrios que llevan décadas esperando inversiones básicas. La ciudad no mejora cuando se uniformiza. No se vuelve más habitable cuando se castiga lo cotidiano. No se hace más humana cuando se legisla contra la vida real de quienes la habitan.
Una ciudad no es un decorado, es un lugar donde la gente vive. Y vivir implica tender la ropa, regar una planta, abrir un toldo, sacudir una alfombra. Implica imperfecciones, colores, gestos pequeños que no afean nada, al contrario, demuestran que la ciudad está viva.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿De verdad es necesario actuar con tanto celo en estas minucias cuando existen necesidades mucho más urgentes?


























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