Opinión
Cruzar en rojo, el error que todos normalizamos
Cruzar un paso de peatones en rojo es, ante todo, un gesto cotidiano que todos hemos cometido alguna vez. Pero también es una infracción grave, sancionada con 200 euros, y un síntoma claro de algo más profundo: la peligrosa confianza de que “no pasa nada” cuando creemos tener la situación bajo control. Ese instante en el que decidimos avanzar porque no vemos coches es, en realidad, una renuncia voluntaria a nuestra propia seguridad y a la de quienes circulan.
La Ley sobre Tráfico, Circulación de Vehículos a Motor y Seguridad Vial, en su artículo 124, lo deja claro: el peatón también tiene obligaciones. No respetar un semáforo, ignorar un paso habilitado o caminar por vías prohibidas —como autovías o autopistas— no son simples descuidos, sino conductas sancionables. Y sí, el peatón puede ser multado… y también puede recurrir la sanción si considera que no se ajusta a la realidad.
Lo interesante es que estas infracciones no nacen del desafío, sino de la prisa. De la sensación de que esperar es perder el tiempo. De ese cálculo mental que hacemos en segundos: “no viene nadie, cruzo”. Pero la seguridad vial no se mide en percepciones, sino en hechos. Un peatón es el eslabón más débil de la cadena, y cualquier error, propio o ajeno, puede tener consecuencias irreversibles.
Cruzar te da derecho, sí, pero no te da inmunidad. La prioridad del peatón no es un escudo absoluto, exige atención, respeto y responsabilidad. Y exige también, reconocer que la convivencia en la vía pública es un pacto compartido. El conductor debe extremar la precaución, pero el peatón debe cumplir las normas que lo protegen.
La seguridad vial no es una cuestión de jerarquías, sino de coherencia. Si reclamamos respeto como peatones, debemos empezar por respetar las señales que nos protegen. Cruzar en rojo no es un gesto inocente: es una renuncia a la prudencia y una invitación al riesgo. La ciudad funciona cuando todos, conductores y viandantes, asumen su parte del compromiso. Y ese compromiso empieza por algo tan simple como esperar a que el semáforo se ponga en verde.
Cruzar un paso de peatones en rojo es, ante todo, un gesto cotidiano que todos hemos cometido alguna vez. Pero también es una infracción grave, sancionada con 200 euros, y un síntoma claro de algo más profundo: la peligrosa confianza de que “no pasa nada” cuando creemos tener la situación bajo control. Ese instante en el que decidimos avanzar porque no vemos coches es, en realidad, una renuncia voluntaria a nuestra propia seguridad y a la de quienes circulan.
La Ley sobre Tráfico, Circulación de Vehículos a Motor y Seguridad Vial, en su artículo 124, lo deja claro: el peatón también tiene obligaciones. No respetar un semáforo, ignorar un paso habilitado o caminar por vías prohibidas —como autovías o autopistas— no son simples descuidos, sino conductas sancionables. Y sí, el peatón puede ser multado… y también puede recurrir la sanción si considera que no se ajusta a la realidad.
Lo interesante es que estas infracciones no nacen del desafío, sino de la prisa. De la sensación de que esperar es perder el tiempo. De ese cálculo mental que hacemos en segundos: “no viene nadie, cruzo”. Pero la seguridad vial no se mide en percepciones, sino en hechos. Un peatón es el eslabón más débil de la cadena, y cualquier error, propio o ajeno, puede tener consecuencias irreversibles.
Cruzar te da derecho, sí, pero no te da inmunidad. La prioridad del peatón no es un escudo absoluto, exige atención, respeto y responsabilidad. Y exige también, reconocer que la convivencia en la vía pública es un pacto compartido. El conductor debe extremar la precaución, pero el peatón debe cumplir las normas que lo protegen.
La seguridad vial no es una cuestión de jerarquías, sino de coherencia. Si reclamamos respeto como peatones, debemos empezar por respetar las señales que nos protegen. Cruzar en rojo no es un gesto inocente: es una renuncia a la prudencia y una invitación al riesgo. La ciudad funciona cuando todos, conductores y viandantes, asumen su parte del compromiso. Y ese compromiso empieza por algo tan simple como esperar a que el semáforo se ponga en verde.



























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