Opinión
Los estudiantes españoles son oficialmente más tontos
La IA es el acelerador de la crisis educativa española
España se ha convertido en uno de los países donde más estudiantes usan inteligencia artificial para estudiar, y al mismo tiempo ha firmado el peor resultado de su historia en PISA. Más de la mitad de los alumnos españoles usa un chatbot al menos una vez por semana para tareas escolares, un porcentaje que supera la media de la OCDE, y casi la mitad lo emplea para resumir textos, justo la actividad que enseña a leer, jerarquizar y comprender. La lectura ha caído a 451 puntos, mínimo histórico, y solo un 2% de los alumnos alcanza el nivel máximo, frente al 6% de media internacional. La coincidencia entre más IA y peores resultados es demasiado grande como para ignorarla.
La propia OCDE lo ha admitido con una franqueza que debería sonrojar a cualquier responsable político: en las escuelas y regiones donde se usa más IA, los resultados de PISA son peores. El analista senior de PISA, Tue Halgreen, lo dijo sin rodeos. Y el informe añade dos conceptos que deberían hacer temblar a quien diseña políticas educativas: "atrofia de habilidades" y "deuda cognitiva". El primero describe lo que ocurre cuando una máquina sustituye al esfuerzo propio: la capacidad que no se ejercita se pierde. El segundo describe el precio diferido: el ahorro de esfuerzo hoy se paga mañana con menor capacidad de comprensión.
El ejemplo más claro es el resumen automático. Resumir un texto es una de las actividades cognitivas más completas que existen: obliga a leer, descartar, jerarquizar, reformular y comprender. Cuando un alumno pide a una IA que le resuma un texto, elimina precisamente el proceso que le haría aprender. Lo mismo ocurre al redactar un trabajo, al hacer una primera investigación o al resolver un problema. La IA no está sustituyendo tareas mecánicas: está sustituyendo el núcleo del pensamiento. Y los datos de PISA lo confirman: los alumnos que más la usan para estas tareas son los que peores resultados obtienen.
Los defensores de la IA en el aula repiten como un mantra la palabra "personalización". Cada alumno recibiría lo que necesita, y los vulnerables se beneficiarían especialmente. Pero los datos españoles no respaldan ese relato: la excelencia se desploma, la media cae a mínimos históricos y no hay evidencia de cierre de brechas, sino de deterioro general. Si la IA personalizara de verdad, veríamos mejoras medibles en los grupos supuestamente beneficiados. Lo que vemos es dependencia personalizada, no aprendizaje personalizado. El mantra suena bien, pero los números cuentan otra cosa.
España es uno de los países europeos con prohibiciones más duras del móvil en el aula: el 86% de los alumnos dice que su centro lo prohíbe en clase, frente al 49% de media OCDE. Y sin embargo, España pierde 16 puntos por distracción digital, frente a los 11 de la OCDE. ¿Por qué? Porque la erosión cognitiva real no ocurre en el aula: ocurre en casa, en el resumen automático, en el trabajo generado por IA, en la lectura evitada. La prohibición del móvil en clase es necesaria, pero insuficiente. No puedes prohibir lo que pasa en la habitación del alumno a las nueve de la noche.
A esto se añade otra brecha: la mayoría de los docentes españoles no ha recibido formación específica sobre IA, no sabe qué hacen sus alumnos con ella fuera del aula y no tiene herramientas para integrarla con criterio. El resultado es un escenario esquizofrénico: en clase, prohibición o silencio; fuera, uso masivo y sin supervisión; en el currículo, ausencia casi total de alfabetización en IA. No es culpa de los profesores. Es culpa de un sistema que ha dejado que la tecnología entre por la ventana mientras discutía si abrir la puerta.
Este artículo no pide demonizar la IA. Pide algo más sencillo y más urgente: dejar de tratarla como una solución mágica a una crisis educativa que es anterior a ella. Limitar su uso en edades tempranas, enseñar cuándo apagarla, evaluar el proceso y no solo el producto, recuperar la lectura profunda y el debate presencial, y formar al profesorado en uso crítico en lugar de entusiasmo acrítico. El problema de la educación española nunca fue la falta de tecnología. Fue la falta de pensamiento. Si usamos la IA para tapar ese agujero, no la estaremos usando como herramienta: la estaremos usando como anestesia. Y PISA 2025 ya nos está diciendo a qué precio.
España se ha convertido en uno de los países donde más estudiantes usan inteligencia artificial para estudiar, y al mismo tiempo ha firmado el peor resultado de su historia en PISA. Más de la mitad de los alumnos españoles usa un chatbot al menos una vez por semana para tareas escolares, un porcentaje que supera la media de la OCDE, y casi la mitad lo emplea para resumir textos, justo la actividad que enseña a leer, jerarquizar y comprender. La lectura ha caído a 451 puntos, mínimo histórico, y solo un 2% de los alumnos alcanza el nivel máximo, frente al 6% de media internacional. La coincidencia entre más IA y peores resultados es demasiado grande como para ignorarla.
La propia OCDE lo ha admitido con una franqueza que debería sonrojar a cualquier responsable político: en las escuelas y regiones donde se usa más IA, los resultados de PISA son peores. El analista senior de PISA, Tue Halgreen, lo dijo sin rodeos. Y el informe añade dos conceptos que deberían hacer temblar a quien diseña políticas educativas: "atrofia de habilidades" y "deuda cognitiva". El primero describe lo que ocurre cuando una máquina sustituye al esfuerzo propio: la capacidad que no se ejercita se pierde. El segundo describe el precio diferido: el ahorro de esfuerzo hoy se paga mañana con menor capacidad de comprensión.
El ejemplo más claro es el resumen automático. Resumir un texto es una de las actividades cognitivas más completas que existen: obliga a leer, descartar, jerarquizar, reformular y comprender. Cuando un alumno pide a una IA que le resuma un texto, elimina precisamente el proceso que le haría aprender. Lo mismo ocurre al redactar un trabajo, al hacer una primera investigación o al resolver un problema. La IA no está sustituyendo tareas mecánicas: está sustituyendo el núcleo del pensamiento. Y los datos de PISA lo confirman: los alumnos que más la usan para estas tareas son los que peores resultados obtienen.
Los defensores de la IA en el aula repiten como un mantra la palabra "personalización". Cada alumno recibiría lo que necesita, y los vulnerables se beneficiarían especialmente. Pero los datos españoles no respaldan ese relato: la excelencia se desploma, la media cae a mínimos históricos y no hay evidencia de cierre de brechas, sino de deterioro general. Si la IA personalizara de verdad, veríamos mejoras medibles en los grupos supuestamente beneficiados. Lo que vemos es dependencia personalizada, no aprendizaje personalizado. El mantra suena bien, pero los números cuentan otra cosa.
España es uno de los países europeos con prohibiciones más duras del móvil en el aula: el 86% de los alumnos dice que su centro lo prohíbe en clase, frente al 49% de media OCDE. Y sin embargo, España pierde 16 puntos por distracción digital, frente a los 11 de la OCDE. ¿Por qué? Porque la erosión cognitiva real no ocurre en el aula: ocurre en casa, en el resumen automático, en el trabajo generado por IA, en la lectura evitada. La prohibición del móvil en clase es necesaria, pero insuficiente. No puedes prohibir lo que pasa en la habitación del alumno a las nueve de la noche.
A esto se añade otra brecha: la mayoría de los docentes españoles no ha recibido formación específica sobre IA, no sabe qué hacen sus alumnos con ella fuera del aula y no tiene herramientas para integrarla con criterio. El resultado es un escenario esquizofrénico: en clase, prohibición o silencio; fuera, uso masivo y sin supervisión; en el currículo, ausencia casi total de alfabetización en IA. No es culpa de los profesores. Es culpa de un sistema que ha dejado que la tecnología entre por la ventana mientras discutía si abrir la puerta.
Este artículo no pide demonizar la IA. Pide algo más sencillo y más urgente: dejar de tratarla como una solución mágica a una crisis educativa que es anterior a ella. Limitar su uso en edades tempranas, enseñar cuándo apagarla, evaluar el proceso y no solo el producto, recuperar la lectura profunda y el debate presencial, y formar al profesorado en uso crítico en lugar de entusiasmo acrítico. El problema de la educación española nunca fue la falta de tecnología. Fue la falta de pensamiento. Si usamos la IA para tapar ese agujero, no la estaremos usando como herramienta: la estaremos usando como anestesia. Y PISA 2025 ya nos está diciendo a qué precio.



























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