Galicia
La vendimia gallega: tradición, ciencia y heroísmo en cada racimo
Imagen Jesús Carrera
El cambio climático adelanta la vendimia, la falta de mano de obra obliga a algunas bodegas a la vendimia mecanizada
Con septiembre llega un ritual que atraviesa generaciones, geografías y memorias: la vendimia. En España, este momento marca mucho más que el inicio de una campaña agrícola, es el latido de una de las actividades económicas y culturales más arraigadas del país. Desde Galicia hasta Andalucía, pasando por La Rioja, Castilla-La Mancha, Castilla y León o Cataluña, la recolección de la uva moviliza a miles de familias, bodegas, cooperativas y territorios enteros. Es una fiesta, un esfuerzo colectivo y, sobre todo, una herencia que se renueva cada año.
En Galicia, la vendimia comenzó este año antes de lo habitual. Las altas temperaturas del verano y la escasez de lluvias adelantaron la maduración de las variedades más tempranas, obligando a iniciar la recolección ya a mediados de agosto. Aunque la calidad de la uva es excelente, los viticultores dan por hecho una reducción notable respecto a cosechas de años anteriores. El clima, siempre caprichoso, vuelve a recordar que la viticultura es una danza entre la tierra y el cielo.
Galicia presume de cinco denominaciones de origen, cinco identidades que son auténticos emblemas de su paisaje y su cultura: Ribeiro, Ribeira Sacra, Monterrei, Valdeorras y Rías Baixas. Cada una posee una historia propia, un carácter diferenciado y una relación íntima con su territorio.
La más antigua de todas no solo en Galicia, sino en España, es Ribeiro, cuyo reconocimiento oficial se remonta a 1932. Su tradición es tan profunda que forma parte de la identidad misma del valle del Avia. Más tarde, en 1945, llegaría la denominación de Valdeorras, tierra de godellos y mencías que hoy vive un renacimiento enológico admirado dentro y fuera del país.
En 1980, la comarca de O Salnés dio un paso decisivo con la publicación en el BOE de la denominación específica Albariño. Ocho años después, en 1988, nacería la Denominación de Origen Rías Baixas, hoy convertida en un símbolo internacional de Galicia. Sus vinos blancos, frescos y aromáticos, han conquistado mercados de medio mundo.
La más joven es Ribeira Sacra, creada en 1997. Su personalidad es única: alrededor del 85% de su producción corresponde a vinos tintos, elaborados en un territorio donde la viticultura se convierte en un desafío físico y emocional.
Pocas imágenes resultan tan impactantes como las laderas de la Ribeira Sacra durante la vendimia. Entre Lugo y Ourense, los ríos Sil y Miño dibujan cañones profundos que obligan a la vid a crecer en pendientes que superan el 30%. Aquí, vendimiar no es solo trabajar, es desafiar la gravedad.
Por eso se habla de “viticultura heroica”. Los viticultores se cuelgan literalmente de las terrazas de piedra, avanzan con cuidado entre escalones estrechos y, en algunos casos, recogen la uva desde barcas que navegan al pie de los bancales. Cada racimo que llega a la bodega es fruto de un esfuerzo que no se puede mecanizar ni sustituir. Es un trabajo artesanal, casi épico, que convierte cada botella en un testimonio del paisaje.
La historia de la vid en Galicia es tan antigua como la propia Gallaecia romana. Un viaje que comenzó en Roma. Según el historiador Xavier Castro, el vino llegó antes que las cepas, los romanos trajeron consigo el vino y, con él, las vides que plantaron en estas tierras. No era solo una bebida; era un elemento cultural, religioso y social.
El impulso definitivo llegó en el año 313 d.C., cuando el emperador Constantino legalizó el cristianismo. La liturgia necesitaba vino, y eso llevó a parroquias, monasterios y diócesis a fomentar el cultivo de la vid. El vino no solo se usaba en la misa, también era un bien de intercambio, un regalo entre clérigos y un producto esencial en la vida cotidiana.
Desde entonces, la viticultura gallega ha sobrevivido a invasiones, crisis, plagas y transformaciones sociales. Hoy, en pleno siglo XXI, sigue siendo una de las señas de identidad más fuertes de la región.
![[Img #106058]](https://xornal21.com/upload/images/09_2026/2611_en-plena-vendimia_j-carrera.jpg)
La vendimia, es el inicio de la metamorfosis. Cuando llega el momento de cortar la uva, todo debe estar preparado, las barricas donde fermentará el mosto, las estrujadoras, las despalilladoras, las cajas de transporte y, por supuesto, el equipo humano que hará posible la recolección. La vendimia es el primer paso de una transformación fascinante: el viaje de la uva hacia el vino.
En la recogida, las uvas se depositan en cajas y se llevan a la bodega en las mejores condiciones posibles. Allí se someten a pruebas de maduración y controles higiénicos que garantizan su calidad. Cada variedad se vendimia en su momento óptimo, y no todas maduran a la vez. El clima, la orientación del viñedo y el tipo de suelo influyen decisivamente.
La uva pasa por la despalilladora, que separa los granos del raspón. Después llega el estrujado, donde se rompe suavemente la piel para liberar el mosto. Hoy se utilizan herramientas modernas que evitan romper las pepitas, lo que impediría añadir acidez indeseada. Antiguamente, este proceso se hacía pisando las uvas, una imagen que aún pervive en la memoria colectiva.
En los vinos blancos, el mosto se extrae por completo para su fermentación. En los tintos, en cambio, se necesita una fase de maceración para que el vino adquiera color y aromas. La fermentación alcohólica es un proceso de pura naturaleza. Los azúcares de la uva se transforman lentamente en alcohol, mientras el vino toma color, aroma y estructura al estar en contacto con el hollejo. La fermentación puede realizarse en tinas de madera (generalmente roble) o en depósitos de acero inoxidable.
Cuando finaliza, el vino se trasiega para separar la parte líquida del bagazo. El bagazo se prensa para obtener el llamado vino de prensa, que también se aprovecha. El vino reposa en barricas donde se asienta y adquiere matices aromáticos. Antes de salir al mercado, se somete a un proceso de estabilización que elimina impurezas. Finalmente, llega el embotellado, la última fase antes de su comercialización.
Cada botella es el resultado de meses de trabajo, decisiones técnicas y cuidados minuciosos. Una vez finalizada la vendimia, las cepas descansan. Es un ciclo que nunca termina. Con la caída de la hoja en otoño, comienza un nuevo ciclo: la poda, la quema o reutilización de los sarmientos, el atado de las varas y la espera paciente de los primeros brotes en primavera. La vid vive en un calendario propio, marcado por estaciones, lluvias, heladas y soles.
Y así, año tras año, Galicia vuelve a septiembre para recoger su tesoro: la uva que dará vida a vinos que cuentan historias.
Imagen Jesús CarreraCon septiembre llega un ritual que atraviesa generaciones, geografías y memorias: la vendimia. En España, este momento marca mucho más que el inicio de una campaña agrícola, es el latido de una de las actividades económicas y culturales más arraigadas del país. Desde Galicia hasta Andalucía, pasando por La Rioja, Castilla-La Mancha, Castilla y León o Cataluña, la recolección de la uva moviliza a miles de familias, bodegas, cooperativas y territorios enteros. Es una fiesta, un esfuerzo colectivo y, sobre todo, una herencia que se renueva cada año.
En Galicia, la vendimia comenzó este año antes de lo habitual. Las altas temperaturas del verano y la escasez de lluvias adelantaron la maduración de las variedades más tempranas, obligando a iniciar la recolección ya a mediados de agosto. Aunque la calidad de la uva es excelente, los viticultores dan por hecho una reducción notable respecto a cosechas de años anteriores. El clima, siempre caprichoso, vuelve a recordar que la viticultura es una danza entre la tierra y el cielo.
Galicia presume de cinco denominaciones de origen, cinco identidades que son auténticos emblemas de su paisaje y su cultura: Ribeiro, Ribeira Sacra, Monterrei, Valdeorras y Rías Baixas. Cada una posee una historia propia, un carácter diferenciado y una relación íntima con su territorio.
La más antigua de todas no solo en Galicia, sino en España, es Ribeiro, cuyo reconocimiento oficial se remonta a 1932. Su tradición es tan profunda que forma parte de la identidad misma del valle del Avia. Más tarde, en 1945, llegaría la denominación de Valdeorras, tierra de godellos y mencías que hoy vive un renacimiento enológico admirado dentro y fuera del país.
En 1980, la comarca de O Salnés dio un paso decisivo con la publicación en el BOE de la denominación específica Albariño. Ocho años después, en 1988, nacería la Denominación de Origen Rías Baixas, hoy convertida en un símbolo internacional de Galicia. Sus vinos blancos, frescos y aromáticos, han conquistado mercados de medio mundo.
La más joven es Ribeira Sacra, creada en 1997. Su personalidad es única: alrededor del 85% de su producción corresponde a vinos tintos, elaborados en un territorio donde la viticultura se convierte en un desafío físico y emocional.
Pocas imágenes resultan tan impactantes como las laderas de la Ribeira Sacra durante la vendimia. Entre Lugo y Ourense, los ríos Sil y Miño dibujan cañones profundos que obligan a la vid a crecer en pendientes que superan el 30%. Aquí, vendimiar no es solo trabajar, es desafiar la gravedad.
Por eso se habla de “viticultura heroica”. Los viticultores se cuelgan literalmente de las terrazas de piedra, avanzan con cuidado entre escalones estrechos y, en algunos casos, recogen la uva desde barcas que navegan al pie de los bancales. Cada racimo que llega a la bodega es fruto de un esfuerzo que no se puede mecanizar ni sustituir. Es un trabajo artesanal, casi épico, que convierte cada botella en un testimonio del paisaje.
La historia de la vid en Galicia es tan antigua como la propia Gallaecia romana. Un viaje que comenzó en Roma. Según el historiador Xavier Castro, el vino llegó antes que las cepas, los romanos trajeron consigo el vino y, con él, las vides que plantaron en estas tierras. No era solo una bebida; era un elemento cultural, religioso y social.
El impulso definitivo llegó en el año 313 d.C., cuando el emperador Constantino legalizó el cristianismo. La liturgia necesitaba vino, y eso llevó a parroquias, monasterios y diócesis a fomentar el cultivo de la vid. El vino no solo se usaba en la misa, también era un bien de intercambio, un regalo entre clérigos y un producto esencial en la vida cotidiana.
Desde entonces, la viticultura gallega ha sobrevivido a invasiones, crisis, plagas y transformaciones sociales. Hoy, en pleno siglo XXI, sigue siendo una de las señas de identidad más fuertes de la región.
![[Img #106058]](https://xornal21.com/upload/images/09_2026/2611_en-plena-vendimia_j-carrera.jpg)
La vendimia, es el inicio de la metamorfosis. Cuando llega el momento de cortar la uva, todo debe estar preparado, las barricas donde fermentará el mosto, las estrujadoras, las despalilladoras, las cajas de transporte y, por supuesto, el equipo humano que hará posible la recolección. La vendimia es el primer paso de una transformación fascinante: el viaje de la uva hacia el vino.
En la recogida, las uvas se depositan en cajas y se llevan a la bodega en las mejores condiciones posibles. Allí se someten a pruebas de maduración y controles higiénicos que garantizan su calidad. Cada variedad se vendimia en su momento óptimo, y no todas maduran a la vez. El clima, la orientación del viñedo y el tipo de suelo influyen decisivamente.
La uva pasa por la despalilladora, que separa los granos del raspón. Después llega el estrujado, donde se rompe suavemente la piel para liberar el mosto. Hoy se utilizan herramientas modernas que evitan romper las pepitas, lo que impediría añadir acidez indeseada. Antiguamente, este proceso se hacía pisando las uvas, una imagen que aún pervive en la memoria colectiva.
En los vinos blancos, el mosto se extrae por completo para su fermentación. En los tintos, en cambio, se necesita una fase de maceración para que el vino adquiera color y aromas. La fermentación alcohólica es un proceso de pura naturaleza. Los azúcares de la uva se transforman lentamente en alcohol, mientras el vino toma color, aroma y estructura al estar en contacto con el hollejo. La fermentación puede realizarse en tinas de madera (generalmente roble) o en depósitos de acero inoxidable.
Cuando finaliza, el vino se trasiega para separar la parte líquida del bagazo. El bagazo se prensa para obtener el llamado vino de prensa, que también se aprovecha. El vino reposa en barricas donde se asienta y adquiere matices aromáticos. Antes de salir al mercado, se somete a un proceso de estabilización que elimina impurezas. Finalmente, llega el embotellado, la última fase antes de su comercialización.
Cada botella es el resultado de meses de trabajo, decisiones técnicas y cuidados minuciosos. Una vez finalizada la vendimia, las cepas descansan. Es un ciclo que nunca termina. Con la caída de la hoja en otoño, comienza un nuevo ciclo: la poda, la quema o reutilización de los sarmientos, el atado de las varas y la espera paciente de los primeros brotes en primavera. La vid vive en un calendario propio, marcado por estaciones, lluvias, heladas y soles.
Y así, año tras año, Galicia vuelve a septiembre para recoger su tesoro: la uva que dará vida a vinos que cuentan historias.




































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