SALUD
El cabello paga en septiembre la factura del sol, el cloro y las planchas
Termina el verano y, con él, llega uno de los momentos del año en los que más consultas por caída y debilidad capilar se registran en la farmacia. El pelo se nota más áspero, más quebradizo, con las puntas abiertas y, en muchos casos, cayendo con más facilidad de lo habitual. "No es casualidad ni es solo el cambio de estación. Es la suma de meses de agresiones acumuladas sobre la fibra capilar", explica Piluca Barrau, farmacéutica experta en dermocosmética y formulación. "El pelo que vemos caer o romperse ahora es el que estuvo expuesto al sol, al cloro y al calor durante julio y agosto".
El daño no se manifiesta de inmediato. Al igual que ocurre con la caída de origen hormonal o por estrés, el efecto de las agresiones estivales sobre el folículo se registra semanas después de haberse producido. "Muchas personas relacionan la caída de septiembre con el estrés de la vuelta a la rutina, cuando en realidad el origen está en lo que el cabello sufrió durante el verano", señala Barrau. La radiación ultravioleta degrada la queratina y la melanina, levanta las escamas de la cutícula y aumenta su porosidad, lo que facilita la pérdida de agua y nutrientes. El cloro de las piscinas debilita todavía más esa cutícula, y el agua salada del mar añade un efecto deshidratante adicional. "Actúan de forma acumulativa. Cada baño y exposición sin protección suma un pequeño desgaste que, al final del verano, se traduce en un cabello más poroso, apagado y frágil", detalla la experta.
A ese cóctel se suma el calor artificial de secadores y planchas. Las planchas y tenacillas de uso habitual superan con frecuencia los 200 °C, temperatura a partir de la cual se produce una desnaturalización significativa y acumulativa de la queratina. "El cabello no distingue entre el calor del sol y el de una plancha. Para la fibra capilar, ambos son estrés térmico que se suma", advierte Barrau, que recomienda espaciar el uso de herramientas de calor mientras el cabello se recupera y aplicar siempre protección térmica previa. A ello se añade el estrés estival: los cambios de rutina, las alteraciones del sueño en vacaciones, los viajes y la propia exposición solar intensa son formas de estrés físico para el organismo, con el mismo patrón de retardo que otros desencadenantes. La caída asociada suele manifestarse entre dos y tres meses después.
Antes de tratar, analizar
Antes de iniciar cualquier suplementación o tratamiento, Piluca Barrau insiste en la importancia de partir de una analítica de referencia: ferritina, vitamina D, zinc, vitamina B12 y hormonas tiroideas son los parámetros que con más frecuencia ayudan a identificar la causa real de una caída mantenida. "No podemos valorar si un tratamiento está funcionando si no sabemos de dónde partíamos. Tener esos valores de referencia antes de empezar es lo que después nos permite saber si de verdad estamos mejorando, y con qué margen de dosis podemos trabajar con seguridad", explica.
En la recuperación capilar, la cistina juega un papel esencial. El cabello está formado principalmente por queratina, una proteína cuya resistencia depende en gran medida de los puentes disulfuro que forman los aminoácidos azufrados, entre ellos la cistina, forma estable de la cisteína sintetizada en el organismo a partir de metionina. "La cistina es uno de los ladrillos con los que el organismo fabrica la queratina. Cuando el cabello ha sufrido meses de sol, cloro y calor, aportar este aminoácido, junto con vitaminas y minerales, ayuda a reforzar la fibra desde dentro", señala Barrau.
La rutina de recuperación debe abordarse por dentro y por fuera. Por fuera: cortar las puntas abiertas para frenar la rotura ascendente, espaciar los lavados con champús suaves, aplicar mascarillas hidratantes y protección térmica, y reducir la frecuencia del secador y la plancha mientras dura la recuperación. Por dentro: una alimentación con proteína de calidad (huevo, pescado, carne), hierro (legumbres con vitamina C), omega 3 (pescado azul, nueces) y zinc (semillas, frutos secos), junto con la suplementación de cistina cuando esté indicada tras valorar la analítica. "El cabello no entiende de soluciones rápidas ni de rutinas de una semana; entiende de constancia, y esta es la época del año en la que más se nota", concluye la farmacéutica.

Termina el verano y, con él, llega uno de los momentos del año en los que más consultas por caída y debilidad capilar se registran en la farmacia. El pelo se nota más áspero, más quebradizo, con las puntas abiertas y, en muchos casos, cayendo con más facilidad de lo habitual. "No es casualidad ni es solo el cambio de estación. Es la suma de meses de agresiones acumuladas sobre la fibra capilar", explica Piluca Barrau, farmacéutica experta en dermocosmética y formulación. "El pelo que vemos caer o romperse ahora es el que estuvo expuesto al sol, al cloro y al calor durante julio y agosto".
El daño no se manifiesta de inmediato. Al igual que ocurre con la caída de origen hormonal o por estrés, el efecto de las agresiones estivales sobre el folículo se registra semanas después de haberse producido. "Muchas personas relacionan la caída de septiembre con el estrés de la vuelta a la rutina, cuando en realidad el origen está en lo que el cabello sufrió durante el verano", señala Barrau. La radiación ultravioleta degrada la queratina y la melanina, levanta las escamas de la cutícula y aumenta su porosidad, lo que facilita la pérdida de agua y nutrientes. El cloro de las piscinas debilita todavía más esa cutícula, y el agua salada del mar añade un efecto deshidratante adicional. "Actúan de forma acumulativa. Cada baño y exposición sin protección suma un pequeño desgaste que, al final del verano, se traduce en un cabello más poroso, apagado y frágil", detalla la experta.
A ese cóctel se suma el calor artificial de secadores y planchas. Las planchas y tenacillas de uso habitual superan con frecuencia los 200 °C, temperatura a partir de la cual se produce una desnaturalización significativa y acumulativa de la queratina. "El cabello no distingue entre el calor del sol y el de una plancha. Para la fibra capilar, ambos son estrés térmico que se suma", advierte Barrau, que recomienda espaciar el uso de herramientas de calor mientras el cabello se recupera y aplicar siempre protección térmica previa. A ello se añade el estrés estival: los cambios de rutina, las alteraciones del sueño en vacaciones, los viajes y la propia exposición solar intensa son formas de estrés físico para el organismo, con el mismo patrón de retardo que otros desencadenantes. La caída asociada suele manifestarse entre dos y tres meses después.
Antes de tratar, analizar
Antes de iniciar cualquier suplementación o tratamiento, Piluca Barrau insiste en la importancia de partir de una analítica de referencia: ferritina, vitamina D, zinc, vitamina B12 y hormonas tiroideas son los parámetros que con más frecuencia ayudan a identificar la causa real de una caída mantenida. "No podemos valorar si un tratamiento está funcionando si no sabemos de dónde partíamos. Tener esos valores de referencia antes de empezar es lo que después nos permite saber si de verdad estamos mejorando, y con qué margen de dosis podemos trabajar con seguridad", explica.
En la recuperación capilar, la cistina juega un papel esencial. El cabello está formado principalmente por queratina, una proteína cuya resistencia depende en gran medida de los puentes disulfuro que forman los aminoácidos azufrados, entre ellos la cistina, forma estable de la cisteína sintetizada en el organismo a partir de metionina. "La cistina es uno de los ladrillos con los que el organismo fabrica la queratina. Cuando el cabello ha sufrido meses de sol, cloro y calor, aportar este aminoácido, junto con vitaminas y minerales, ayuda a reforzar la fibra desde dentro", señala Barrau.
La rutina de recuperación debe abordarse por dentro y por fuera. Por fuera: cortar las puntas abiertas para frenar la rotura ascendente, espaciar los lavados con champús suaves, aplicar mascarillas hidratantes y protección térmica, y reducir la frecuencia del secador y la plancha mientras dura la recuperación. Por dentro: una alimentación con proteína de calidad (huevo, pescado, carne), hierro (legumbres con vitamina C), omega 3 (pescado azul, nueces) y zinc (semillas, frutos secos), junto con la suplementación de cistina cuando esté indicada tras valorar la analítica. "El cabello no entiende de soluciones rápidas ni de rutinas de una semana; entiende de constancia, y esta es la época del año en la que más se nota", concluye la farmacéutica.





























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