Día Jueves, 15 de Octubre de 2026
SALUD
Casi el 40% de los adolescentes consume bebidas energéticas
Casi el 40% de los adolescentes españoles de entre 14 y 18 años ha consumido al menos una bebida energética en los últimos 30 días, según los últimos datos de ESTUDES 2025. La prevalencia es mayor entre los chicos (45,7% ) que entre las chicas (31% ), y el consumo no se limita al estudio o al deporte: uno de cada cinco adolescentes reconoce haber mezclado bebidas energéticas con alcohol en el último mes.
"Cuando una sustancia estimulante se integra en la rutina diaria de un adolescente, deja de ser una elección puntual y empieza a funcionar como un regulador artificial del cansancio, del estado de ánimo y del rendimiento", explica José Manuel Zaldúa, psicólogo y socio fundador de Esvidas. El impacto también alcanza al ámbito académico: los datos del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones muestran que los estudiantes que consumen estas bebidas presentan peores calificaciones, mayor absentismo escolar y una mayor frecuencia de repetición de curso. Además, entre los consumidores, el riesgo de consumo de cannabis se multiplica por 2,5, mientras que el de cocaína y éxtasis llega a multiplicarse por cuatro cuando las bebidas energéticas se combinan con alcohol.
Aunque no existe un diagnóstico clínico específico de "adicción a las bebidas energéticas", sí está reconocida la dependencia a la cafeína. Ingestas superiores a 250-300 mg, equivalentes a dos o tres latas, pueden provocar nerviosismo, ansiedad, insomnio, taquicardia e irritabilidad. Cuando el consumo se mantiene en el tiempo, pueden aparecer tolerancia y síntomas de abstinencia, como dolor de cabeza, fatiga extrema o dificultades para concentrarse. "En consulta vemos cada vez más jóvenes que no rinden ni se sienten capaces de funcionar sin cafeína. No lo viven como una adicción porque es legal y socialmente aceptada, pero los mecanismos de dependencia física están presentes", señala Adrián Gallardo, director terapéutico de Esvidas.
Uno de los primeros ámbitos afectados es el sueño. La cafeína bloquea los receptores de adenosina, relacionados con la sensación natural de cansancio. Los jóvenes consumidores tienden a acostarse más tarde, dormir menos horas y presentar patrones de sueño más irregulares. Al día siguiente, la fatiga y las dificultades de concentración pueden favorecer un nuevo consumo de estimulantes, creando un círculo de cansancio y estimulación artificial. En algunos adolescentes, además, el consumo excesivo puede estar relacionado con dificultades previas. Jóvenes con TDAH, diagnosticado o no, pueden recurrir a la cafeína como una forma de automedicación: su efecto estimulante puede mejorar momentáneamente la atención, pero no aborda el problema de fondo y puede agravar el insomnio, la ansiedad y la desregulación emocional.
A esta realidad se suma la normalización de estos productos. Patrocinios deportivos, videojuegos, eventos musicales y redes sociales vinculan las bebidas energéticas con ideas como rendimiento, diversión o éxito, mientras que una sola lata puede contener el equivalente a dos o tres cafés. En España, además, no existe actualmente una regulación específica que limite la venta de bebidas energéticas a menores. Su acceso cotidiano y su consideración como un producto de consumo habitual pueden hacer que las primeras señales de dependencia resulten más difíciles de reconocer.
Por eso, el debate va más allá de cuántas latas consume un adolescente. La cuestión es por qué cada vez más jóvenes sienten que necesitan un estimulante para estudiar, entrenar, salir o simplemente afrontar el día. El cansancio, la presión académica, la falta de sueño y la hiperestimulación digital pueden estar detrás de un consumo que, cuando se normaliza, deja de percibirse como un posible problema.

Casi el 40% de los adolescentes españoles de entre 14 y 18 años ha consumido al menos una bebida energética en los últimos 30 días, según los últimos datos de ESTUDES 2025. La prevalencia es mayor entre los chicos (45,7% ) que entre las chicas (31% ), y el consumo no se limita al estudio o al deporte: uno de cada cinco adolescentes reconoce haber mezclado bebidas energéticas con alcohol en el último mes.
"Cuando una sustancia estimulante se integra en la rutina diaria de un adolescente, deja de ser una elección puntual y empieza a funcionar como un regulador artificial del cansancio, del estado de ánimo y del rendimiento", explica José Manuel Zaldúa, psicólogo y socio fundador de Esvidas. El impacto también alcanza al ámbito académico: los datos del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones muestran que los estudiantes que consumen estas bebidas presentan peores calificaciones, mayor absentismo escolar y una mayor frecuencia de repetición de curso. Además, entre los consumidores, el riesgo de consumo de cannabis se multiplica por 2,5, mientras que el de cocaína y éxtasis llega a multiplicarse por cuatro cuando las bebidas energéticas se combinan con alcohol.
Aunque no existe un diagnóstico clínico específico de "adicción a las bebidas energéticas", sí está reconocida la dependencia a la cafeína. Ingestas superiores a 250-300 mg, equivalentes a dos o tres latas, pueden provocar nerviosismo, ansiedad, insomnio, taquicardia e irritabilidad. Cuando el consumo se mantiene en el tiempo, pueden aparecer tolerancia y síntomas de abstinencia, como dolor de cabeza, fatiga extrema o dificultades para concentrarse. "En consulta vemos cada vez más jóvenes que no rinden ni se sienten capaces de funcionar sin cafeína. No lo viven como una adicción porque es legal y socialmente aceptada, pero los mecanismos de dependencia física están presentes", señala Adrián Gallardo, director terapéutico de Esvidas.
Uno de los primeros ámbitos afectados es el sueño. La cafeína bloquea los receptores de adenosina, relacionados con la sensación natural de cansancio. Los jóvenes consumidores tienden a acostarse más tarde, dormir menos horas y presentar patrones de sueño más irregulares. Al día siguiente, la fatiga y las dificultades de concentración pueden favorecer un nuevo consumo de estimulantes, creando un círculo de cansancio y estimulación artificial. En algunos adolescentes, además, el consumo excesivo puede estar relacionado con dificultades previas. Jóvenes con TDAH, diagnosticado o no, pueden recurrir a la cafeína como una forma de automedicación: su efecto estimulante puede mejorar momentáneamente la atención, pero no aborda el problema de fondo y puede agravar el insomnio, la ansiedad y la desregulación emocional.
A esta realidad se suma la normalización de estos productos. Patrocinios deportivos, videojuegos, eventos musicales y redes sociales vinculan las bebidas energéticas con ideas como rendimiento, diversión o éxito, mientras que una sola lata puede contener el equivalente a dos o tres cafés. En España, además, no existe actualmente una regulación específica que limite la venta de bebidas energéticas a menores. Su acceso cotidiano y su consideración como un producto de consumo habitual pueden hacer que las primeras señales de dependencia resulten más difíciles de reconocer.
Por eso, el debate va más allá de cuántas latas consume un adolescente. La cuestión es por qué cada vez más jóvenes sienten que necesitan un estimulante para estudiar, entrenar, salir o simplemente afrontar el día. El cansancio, la presión académica, la falta de sueño y la hiperestimulación digital pueden estar detrás de un consumo que, cuando se normaliza, deja de percibirse como un posible problema.















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