Día Lunes, 26 de Octubre de 2026
Ictus: secuelas cognitivas invisibles y cómo recuperarse
Con motivo del Día Mundial del Ictus, el 29 de octubre, una neuropsicóloga advierte de que los fallos de memoria, atención o lenguaje pueden aparecer aunque la movilidad mejore.
Volver a caminar o mover un brazo suele celebrarse como la señal más clara de recuperación tras un ictus, pero no siempre cuenta toda la historia. Algunas de las secuelas más incapacitantes no se ven, y pueden afectar de forma importante a la autonomía de la persona incluso cuando las secuelas motoras son leves.
Así lo advierte Valeria Medina, neuropsicóloga de la plataforma NeuronUP, con motivo del Día Mundial del Ictus, que se celebra el 29 de octubre. “Poder caminar o mover los brazos no permite concluir que no existan dificultades cognitivas. Después de un ictus pueden verse afectadas funciones como la atención, la memoria, el lenguaje, la velocidad de procesamiento o la capacidad para planificar y tomar decisiones”, explica.
Las secuelas que no siempre se ven
Un ictus se produce cuando se interrumpe el flujo sanguíneo hacia una parte del cerebro, bien por la obstrucción de un vaso, bien porque este se rompe y provoca una hemorragia. Sus consecuencias dependen de las áreas cerebrales afectadas y de la extensión de la lesión.
Además de los problemas motores, pueden aparecer dificultades para mantener la atención, procesar información con rapidez, recordar acontecimientos recientes, expresarse o comprender el lenguaje. También pueden verse alteradas las funciones ejecutivas, necesarias para planificar y decidir, y las habilidades visoespaciales, relacionadas con la orientación y la interpretación del espacio.
“Estas funciones cognitivas dependen de redes cerebrales que trabajan de forma coordinada. Por ello, el daño puede afectar a distintas funciones incluso cuando las alteraciones motoras son poco perceptibles. Factores como la salud cerebral previa, el estado de ánimo, el sueño o determinados medicamentos también pueden influir en el rendimiento cognitivo tras un ictus”, añade Medina.
Señales a las que deben atender familiares y cuidadores
Detectar estos cambios exige comparar cómo funcionaba la persona antes y después del ictus. Entre las señales que pueden justificar una valoración especializada están olvidar citas o dosis de medicamentos, tener dificultades para seguir indicaciones, cometer errores nuevos al manejar dinero o necesitar más ayuda para organizar actividades que antes hacía sin problemas.
También pueden aparecer cambios en la comunicación: tardar más en encontrar una palabra, tener dificultades para construir frases o perder con frecuencia el hilo de una conversación. Anotar ejemplos concretos y trasladarlos al equipo sanitario ayuda a orientar la evaluación y la posterior intervención.
Estas dificultades no deben confundirse con la aparición repentina de nuevos síntomas. Una dificultad súbita para hablar, debilidad en un lado del cuerpo o pérdida de visión requiere atención médica urgente, aunque desaparezca al cabo de pocos minutos.
Cinco claves para favorecer la recuperación cognitiva
La rehabilitación debe adaptarse a las dificultades, fortalezas y objetivos de cada persona. No existe una estrategia válida para todos los pacientes y no puede garantizarse una recuperación completa, pero hay cinco aspectos que pueden formar parte del proceso.
El primero es trabajar con situaciones de la vida diaria: elaborar una lista de la compra, organizar una salida o planificar una actividad permite ejercitar las funciones cognitivas en tareas con utilidad práctica. El segundo, usar apoyos para recordar y organizarse, como agendas, alarmas o listas de pasos, que ayudan a compensar problemas de memoria o planificación siempre que se aprenda a usarlos y se practiquen en situaciones reales.
El tercero es reducir las distracciones y adaptar la dificultad: hacer una tarea cada vez, trabajar en ambientes tranquilos y emplear instrucciones sencillas facilita la participación, ajustando los ejercicios a la evolución de cada persona. El cuarto, favorecer la comunicación: cuando hay dificultades de lenguaje pueden usarse imágenes, gestos, palabras escritas o conversaciones sobre temas familiares, y los familiares pueden aprender estrategias para facilitar la interacción.
Por último, respetar la fatiga y alternar actividad y descanso. Organizar las tareas según la energía disponible también forma parte de la recuperación, y el cansancio persistente o los problemas de sueño deben valorarse porque pueden dificultar la rehabilitación.
Ante cualquier duda sobre las secuelas de un ictus, conviene consultar con el equipo sanitario que atiende a la persona.

Volver a caminar o mover un brazo suele celebrarse como la señal más clara de recuperación tras un ictus, pero no siempre cuenta toda la historia. Algunas de las secuelas más incapacitantes no se ven, y pueden afectar de forma importante a la autonomía de la persona incluso cuando las secuelas motoras son leves.
Así lo advierte Valeria Medina, neuropsicóloga de la plataforma NeuronUP, con motivo del Día Mundial del Ictus, que se celebra el 29 de octubre. “Poder caminar o mover los brazos no permite concluir que no existan dificultades cognitivas. Después de un ictus pueden verse afectadas funciones como la atención, la memoria, el lenguaje, la velocidad de procesamiento o la capacidad para planificar y tomar decisiones”, explica.
Las secuelas que no siempre se ven
Un ictus se produce cuando se interrumpe el flujo sanguíneo hacia una parte del cerebro, bien por la obstrucción de un vaso, bien porque este se rompe y provoca una hemorragia. Sus consecuencias dependen de las áreas cerebrales afectadas y de la extensión de la lesión.
Además de los problemas motores, pueden aparecer dificultades para mantener la atención, procesar información con rapidez, recordar acontecimientos recientes, expresarse o comprender el lenguaje. También pueden verse alteradas las funciones ejecutivas, necesarias para planificar y decidir, y las habilidades visoespaciales, relacionadas con la orientación y la interpretación del espacio.
“Estas funciones cognitivas dependen de redes cerebrales que trabajan de forma coordinada. Por ello, el daño puede afectar a distintas funciones incluso cuando las alteraciones motoras son poco perceptibles. Factores como la salud cerebral previa, el estado de ánimo, el sueño o determinados medicamentos también pueden influir en el rendimiento cognitivo tras un ictus”, añade Medina.
Señales a las que deben atender familiares y cuidadores
Detectar estos cambios exige comparar cómo funcionaba la persona antes y después del ictus. Entre las señales que pueden justificar una valoración especializada están olvidar citas o dosis de medicamentos, tener dificultades para seguir indicaciones, cometer errores nuevos al manejar dinero o necesitar más ayuda para organizar actividades que antes hacía sin problemas.
También pueden aparecer cambios en la comunicación: tardar más en encontrar una palabra, tener dificultades para construir frases o perder con frecuencia el hilo de una conversación. Anotar ejemplos concretos y trasladarlos al equipo sanitario ayuda a orientar la evaluación y la posterior intervención.
Estas dificultades no deben confundirse con la aparición repentina de nuevos síntomas. Una dificultad súbita para hablar, debilidad en un lado del cuerpo o pérdida de visión requiere atención médica urgente, aunque desaparezca al cabo de pocos minutos.
Cinco claves para favorecer la recuperación cognitiva
La rehabilitación debe adaptarse a las dificultades, fortalezas y objetivos de cada persona. No existe una estrategia válida para todos los pacientes y no puede garantizarse una recuperación completa, pero hay cinco aspectos que pueden formar parte del proceso.
El primero es trabajar con situaciones de la vida diaria: elaborar una lista de la compra, organizar una salida o planificar una actividad permite ejercitar las funciones cognitivas en tareas con utilidad práctica. El segundo, usar apoyos para recordar y organizarse, como agendas, alarmas o listas de pasos, que ayudan a compensar problemas de memoria o planificación siempre que se aprenda a usarlos y se practiquen en situaciones reales.
El tercero es reducir las distracciones y adaptar la dificultad: hacer una tarea cada vez, trabajar en ambientes tranquilos y emplear instrucciones sencillas facilita la participación, ajustando los ejercicios a la evolución de cada persona. El cuarto, favorecer la comunicación: cuando hay dificultades de lenguaje pueden usarse imágenes, gestos, palabras escritas o conversaciones sobre temas familiares, y los familiares pueden aprender estrategias para facilitar la interacción.
Por último, respetar la fatiga y alternar actividad y descanso. Organizar las tareas según la energía disponible también forma parte de la recuperación, y el cansancio persistente o los problemas de sueño deben valorarse porque pueden dificultar la rehabilitación.
Ante cualquier duda sobre las secuelas de un ictus, conviene consultar con el equipo sanitario que atiende a la persona.















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