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Redacción / SALUD
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«Yo controlo»: la trampa que esconde la adicción a la cocaína

La cocaína estuvo detrás de la mitad de las 48.635 admisiones a tratamiento por drogas ilegales registradas en España en 2023, según el Informe 2025 del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones (OEDA). En Europa, las primeras entradas en tratamiento por problemas relacionados con esta sustancia aumentaron un 39% entre 2018 y 2024, hasta unas 37.000 personas en 2024, de acuerdo con el European Drug Report 2026 de la Agencia de la Unión Europea sobre Drogas (EUDA). Ante la llegada de las cenas de empresa y las celebraciones navideñas, Clínica RECAL alerta del riesgo de normalizar el consumo en entornos sociales, donde puede utilizarse para prolongar la noche, combatir el cansancio o facilitar las relaciones.

 

 

«Yo controlo» es una de las ideas que puede llevar a infravalorar el consumo: pensar que hacerlo solo los fines de semana, en fiestas o en ocasiones especiales descarta un problema de adicción. Sin embargo, mantener el trabajo, las relaciones y las responsabilidades cotidianas no garantiza tener el consumo bajo control. El 2,5% de la población española de entre 15 y 64 años consumió cocaína en polvo o base en los 12 meses anteriores, según la encuesta EDADES 2024 del Ministerio de Sanidad, con una prevalencia del 3,7% entre los hombres y del 1,3% entre las mujeres.

 

«No debemos confundir consumo ocasional con consumo inocuo, ni funcionamiento cotidiano con ausencia de adicción», señala María Quevedo, directora de Tratamiento de Clínica RECAL. «Hay personas que mantienen su empleo, su familia y sus responsabilidades mientras experimentan una pérdida de control que puede pasar desapercibida durante mucho tiempo», explica la especialista.

 

Uno de los obstáculos para reconocer un problema es asociar la adicción exclusivamente al consumo diario. Según Quevedo, algunas personas justifican su comportamiento porque consumen solo cuando salen, pueden pasar semanas sin hacerlo o mantienen una vida laboral y familiar aparentemente estable. Sin embargo, la frecuencia no es el único indicador. También importa si la persona consume más de lo que había decidido, incumple repetidamente sus propios límites, siente un deseo intenso de consumir o continúa haciéndolo pese a las consecuencias negativas. «La clave no es únicamente cuánto consume, sino qué relación ha establecido con la sustancia. Una persona puede consumir de forma intermitente y, aun así, presentar un trastorno por consumo de cocaína», añade.

 

La pérdida de control también puede manifestarse en la anticipación constante de la próxima ocasión para consumir o en la organización de los planes sociales en función de esa posibilidad. Si la cocaína empieza a percibirse como necesaria para divertirse, desinhibirse o prolongar una celebración, determinados contextos, como las fiestas o el consumo de alcohol, pueden actuar como desencadenantes del deseo. «La señal de alerta aparece cuando la persona siente que le cuesta disfrutar, afrontar una situación o mantener sus planes sin recurrir a la sustancia», apunta Quevedo.

 

El análisis de aguas residuales publicado por la EUDA en 2026 detectó un aumento del 22% en la carga del principal metabolito de la cocaína entre 2024 y 2025 en las ciudades con datos comparables. De las 85 ciudades analizadas en ambos años, 48 registraron incrementos, y más del 75% presentó concentraciones superiores durante el fin de semana que entre semana, un patrón compatible con una mayor presencia del consumo recreativo. Estos datos reflejan tendencias colectivas, pero no permiten identificar a los consumidores ni diagnosticar una adicción.

 

El informe europeo también apunta a una posible demora en la búsqueda de ayuda: la edad media del primer consumo de cocaína en polvo se sitúa en torno a los 22 años, mientras que la primera entrada en tratamiento se produce, de media, a los 36. Esta diferencia no implica que todas las personas desarrollen una adicción, pero subraya la importancia de detectar las señales de alarma sin esperar a que las consecuencias sean evidentes.

 

«No es necesario tocar fondo, perder el trabajo o poner en peligro una relación para pedir ayuda», señala Quevedo. La especialista recuerda que poder pasar varios días sin consumir no descarta una adicción: lo relevante es si la persona conserva la capacidad de decidir cuándo hacerlo y mantener sus propios límites. Reconocer esa pérdida de control y solicitar orientación profesional puede permitir intervenir antes de que el problema tenga un impacto mayor en su vida.

 

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